Ministerio Grano de Trigo

Leer en línea el libro
De Gloria en Gloria


Capítulo 12:
POR GRACIA A TRAVÉS DE LA FE

Hipervínculos para:

ÍNDICE

Capítulo 11: Dividiendo el Alma y el Espíritu (2)

Capítulo 13: La imagen del Invisible


Capítulo 12
POR GRACIA A TRAVÉS DE LA FE

En este libro, hemos estado hablando acerca de la salvación del alma. Hemos estado investigando el maravilloso plan de Dios de crear una novia para Sí mismo a través de la cual El pudiera revelarse a Sí mismo al mundo y aún al universo. También, hemos estado revisando nuestra responsabilidad en lo concerniente a estas grandes verdades. Así que meditamos en estas cosas espirituales, debemos tomar muy en cuenta una cosa. Y es que esta obra de Dios dentro de nosotros, es verdaderamente la obra de Dios.

Ninguna de estas maravillosas realidades espirituales es algo en lo que nosotros podríamos entrar aparte de Él. Filipenses 2:12,13 dice: “lleven a cabo su propia salvación con temor y temblor; porque es Dios quien obra en ustedes tanto el querer como el hacer de parte de su buena voluntad”. Ven ustedes que aunque debemos cooperar con El, realmente es Él quien está haciendo la labor.

Todo lo que involucra el trabajo de Dios en nosotros es resultado de Su maravillosa gracia. Creemos en El, porque El ha tenido misericordia de nosotros. Crecemos en El por la gracia que El nos suple. Lo seguimos por Su poder el cual nos da con liberalidad para vencer los obstáculos y al enemigo. Todo es resultado de Su gracia.

Muchos definen “gracia” como el inmerecido favor de Dios. Ciertamente, esto es verdad. No merecemos nada de Su parte. Sin embargo, a causa de Su gran amor por nosotros, El vino y murió por nosotros. El nos ha ofrecido perdón con liberalidad. Algo aún más maravilloso que el perdón, El nos ha dado Su propia Vida eterna. Y aún algo todavía más increíble pero cierto, El ha abierto el camino para que crezcamos en todo lo que El es, llegando a ser “partícipes de la naturaleza divina” (2 P. 1:4) esto es verdaderamente favor inmerecido o “gracia”.

Cuando lleguemos delante de Su trono en el día del juicio, si hay algo bueno dentro de nosotros no podremos reclamar ningún reconocimiento por ello. Allí, ninguna carne se gloriará en Su presencia (1 Cor. 1:29). Toda la obra increíble y gloriosa que ha sido hecha en nosotros será el resultado de Su gracia y misericordia.

El amor de Dios, Su amor lo habrá impulsado a obrar pacientemente dentro de nosotros para cumplir toda Su voluntad. Aunque nosotros mismos podamos pensar que somos celosos por las cosas de Dios, obedientes y consagrados a Él, aún esto se mostrará como resultado de Su maravillosa gracia.

Esta obra de Salvación de Dios no está basada en nuestras habilidades o bondad, sino en Su decisión de tener misericordia de nosotros. En Su presencia no tendremos nada de qué sentirnos orgullosos, pero muchas cosas por qué estar agradecidos. Allí le adoraremos para siempre por haber extendido Su amorosa gracia hacia nosotros.

La obra que el Espíritu Santo está haciendo dentro de nosotros depende de nuestra fe. Debemos tener fe en Jesús para recibirle. Debemos también continuar caminando en fe para crecer en El. Todo progreso espiritual está basado completamente en nuestra fe. Sin embargo, aún esta fe que tenemos es resultado de la maravillosa gracia de Dios. Esta tampoco es de nosotros mismos, “es don de Dios” (Ef. 2:8).

Quizás una buena manera de entender esto es dar una mirada a la experiencia del padre de la fe, Abraham. Examinando cómo él llegó a la fe, quizás podamos descubrir cómo Dios nos imparte fe. La Escritura dice: “la palabra del Señor vino a Abram en una visión” (Gn. 15:1). Luego dice, “Y él (Abram) creyó en el Señor; y le fue contado por justicia” (Gn. 15:6).

El orden en el que estos dos eventos ocurrieron es muy significativo. Primero Dios manifestó sobrenaturalmente su voluntad y Su gloria a Abraham. Luego Abraham creyó. Su respuesta a esta visión celestial fue fe. El reaccionó a esta revelación divina creyendo que Dios existía y que lo que El dijo era verdad.

Por otro lado, fíjese cómo su fe no se dio. No fue el resultado de su esfuerzo personal o concentración mental. Abraham no estaba caminando en el desierto una noche estrellada mirando al cielo y de pronto pensó, “Debe haber un Dios. Caramba! Creo que realmente hay un Dios. Si, creo, creo que hay un Dios y ciertamente debe querer que yo tenga muchos descendientes”. Y Dios al escuchar estas “palabras de fe” se apresuró a descender y a revelarse a Sí mismo a Abraham.

No, la fe de Abraham vino exactamente de la manera opuesta. Primero Dios se reveló a Si mismo y entonces Abraham creyó. Fue esta clase de fe la que agradó a Dios y lo hizo designar a Abraham como justo.

Qué maravilloso evento debió haber sido aquel cuando por primera vez Dios se mostró a Abraham. Aún recuerda usted cuando Dios se le reveló por primera vez? Si usted es cristiano hoy, es porque alguna vez y de alguna manera Dios se manifestó a Si mismo y su respuesta a esto fue fe. Usted pudo haber dicho algo así como, “Dios es real. Lo he visto. Se me ha mostrado a Sí mismo y ahora creo en El”. A menos que usted haya llegado a conocer personalmente al único y verdadero Dios a través de la revelación de Jesucristo, usted no puede ser un cristiano verdadero.

Continuemos aquí con una breve definición de la fe. “Fe es la respuesta humana a la revelación divina”. Una vez que Dios nos muestra algo de Sí mismo entonces podemos creer. Pero a menos que El escoja revelarse a Sí mismo a nosotros nada que hagamos o pensemos podrá considerarse como fe auténtica.

A menos que lo hayamos “visto” en alguna medida no podemos creer en El. Podemos quizás dar nuestro asentimiento mental a algo que hemos leído u oído acerca de Dios pero esto no es lo que la Biblia llama “fe”. Santiago nos dice que aún los demonios tienen un tipo de creencia en Dios. Ellos creen y tiemblan (Stgo. 2:19). Pero fe salvadora-fe genuina- la clase de fe que justifica delante de Dios a aquellos que la poseen es fe que resulta de la revelación que Dios hace de Sí mismo.

Desafortunadamente, no toda reacción del hombre a la revelación divina es fe. Mucha gente de la que leemos en la Biblia, reaccionó a la manifestación del poder y la divinidad de Dios con incredulidad. La mayoría de nosotros probablemente imaginamos que si Dios hablase audiblemente desde el cielo todos ciertamente creerían. Sin embargo, este no es el caso.

Varias veces en los evangelios se consigna que Dios hizo precisamente eso. En una ocasión Jesús estaba orando al Padre y dijo:”Padre, glorifica tu nombre”. En respuesta a esto una voz vino desde el cielo diciendo, “Lo he glorificado y lo glorificaré otra vez” (Jn. 12:28). Aún cuando toda la multitud oyó la voz de Dios, no todos creyeron. Algunos de ellos dijeron, “Seguramente debe haber sido un trueno”. Su reacción fue una de completa incredulidad. Habían oído a Dios audiblemente sin embargo escogieron no creen en la realidad de lo que acababa de ocurrir.

Todavía otro ejemplo impactante de tal incredulidad se ve cuando Jesús levantó a Lázaro de los muertos. Después de este evento, se nos cuenta que muchos de Sus discípulos creyeron en El. Pero había algunos en la multitud, aún cuando habían visto al muerto resucitado, no creyeron. Más bien sus corazones fueron endurecidos.

La fe verdadera ocurre cuando el corazón humano responde positivamente a Dios. Cuando Dios por medio de Su misericordia se revela a Sí mismo a nosotros de alguna manera, entonces estamos en posición de elegir si creemos o no creemos. Cuando elegimos la fe, esto nos trae a una relación con Dios. El responde a nuestra respuesta de fe. El resultado de nuestra fe es intimidad con Dios. En ese momento nacemos de nuevo. Luego recibimos al Espíritu Santo dentro de nosotros. Este, sin embargo, no es el fin. Mas bien, es el comienzo de una relación de por vida de intimidad con El.

JUSTIFICACIÓN POR LA FE

Uno de los dogmas principales de la iglesia Evangélica moderna es la justificación por la fe. Esto significa que somos justificados delante de Dios a causa de nuestra fe en El. Con esto estamos tratando de decir que Dios está entrando en una relación con nosotros y teniendo íntima comunión con nosotros no por algunas obras que hayamos hecho para agradarle, sino porque hemos creído en la revelación de Su Hijo. Nuestra fe está en Jesús quien se ha mostrado a nosotros y esta es la base de nuestra relación con Dios.

Nuestro Dios, como resultado de nuestra fe, se relaciona con nosotros de una manera íntima y personal como si fuéramos completamente justos. Como resultado de nuestra fe, El nos “atribuye” una justicia (Rom. 4:22-24). Este es un acto de gracia, nada menos. No merecemos que se piense de nosotros como si fuéramos justos, pero por medio de la gracia de Dios, El entra en una relación con nosotros como si estuviéramos realmente sin pecado.

Sin embargo, debemos ser muy claros en una cosa. Esta fe a cerca de la cual hablamos- esta fe que nos justifica hoy ante los ojos de Dios-es una fe viviente. No es meramente el hecho que creímos en Jesús, digamos, hace 20 años. Es una fe que está activa ahora. En este momento, estamos respondiendo en fe a lo que nuestro Señor nos está revelando. Estamos oyendo Su voz. Estamos creyendo Su palabra viviente y estamos obedeciéndole. Esta es la clase de fe que nos justifica. Demasiados cristianos están simplemente esperando que porque creyeron en Jesús alguna vez en el pasado o porque han aceptado algún hecho bíblico, desde ese momento en adelante, Dios los considera justos. Sin embargo, esto no es verdad. Para ser considerados justos por Dios hoy, debemos tener una fe viva, diaria y activa.

Nuestro hermano Santiago escribió tratando de corregir una falsa impresión que ya era prevalerte en su día. Era que un tipo de “fe “mental, estática era suficiente. Quizás había algunos en la iglesia de su tiempo también quienes suponían que dado que habían creído “alguna vez” o “en algo” por ello eran justificados.

Pero Santiago argumenta contra esto. El afirma fuertemente y repetidamente que “la fe sin obras es muerta” (Stgo 2:17,20,26). El declara que somos justificados “por nuestras obras” (Stgo. 2:24). Con esto él insistía que nuestra fe debiera estar produciendo algo. Debiera estarse manifestando diariamente en nuestras vidas en resultados reales y tangibles. Debiera revelarse a través de nuestra actual y viviente relación con Dios.

Si no es así, es una fe muerta por la cual no podemos ser ni estamos siendo justificados. Estas “obras” de las cuales él habla no son meramente buenas obras, sino son la evidencia de la sumisión de nuestra vida entera a Cristo. Son la manifestación visible de una fe viviente y comunión diaria con Dios.

Santiago no está contradiciendo a Pablo al insistir en “las obras”. No estaba negando la necesidad de la fe. De ninguna manera está refutando “la justificación por la fe”. Su objetivo era aclararnos exactamente qué clase de fe se requiere para justificarnos delante de Dios. Solo estaba insistiendo que nuestra fe debe ser una fe viva. Debemos tener intimidad con Jesús. Debemos tener una relación de fe al día con El. La prueba de esta fe viva está en el fruto que es visible ahora mismo. Es solo esta clase de fe la que nos está justificando. Santiago muestra que es por “la fe actuando juntamente con…las obras” que nuestra fe es “hecha perfecta” (Stgo. 2:22).

Jesús nos ha abierto el camino. El está justificando gratuitamente a los impíos por medio de la fe (Gal. 3:8). Su gracia está disponible abundantemente. Sin embargo, cuántos de los propios hijos de Dios hoy día están viviendo en un estado de incredulidad. A pesar del hecho que una vez creyeron, se han alejado. Alguna vez caminaron en intimidad con El, pero hoy esa ya no es más su experiencia. El les está hablando, pero ellos se niegan a escuchar. El se está revelando, pero ellos niegan lo que les está revelando. El les está corrigiendo pero ellos no reconocen Su mano.

Por alguna razón, no quieren oír lo que El está diciendo y así inventan excusas. “Ese no podría ser Dios”, razonan. “El no querría nada semejante de mí”. De este modo, lo niegan. Rechazan Sus palabras y así niegan Su autoridad en Sus vidas.

Cuando esto ocurre, la obra de la salvación en sus vidas queda detenida. Su comunión íntima con Dios se rompe. Estos no están más “caminando por fe” y así no están más siendo justificados. Solo cuando finalmente se arrepienten y escogen oír su Voz puede El continuar Su obra de gracia en ellos.

FE Y OBEDIENCIA

Otra vez la experiencia de los hijos de Israel en el desierto, se convierte en un ejemplo importante para nosotros. Habían estado viajando por meses a través del desierto. Había sido un largo y caluroso viaje. Finalmente, llegaron a avistar su objetivo, la tierra prometida. Antes de cruzar el Jordán, Moisés envió a doce hombres para entrar en la tierra y espiarla. Debían traer un reporte de lo que encontrasen allí.

Para diez de los doce hombres su experiencia en Canaán fue aterradora. Vieron gigantes allí. Las ciudades eran fortificadas y fuertes. Y así persuadieron a la gente a rebelarse contra la voluntad de su Dios. Estos hombres no tenían fe. No creyeron que Dios daría a Sus siervos el poder para lograr lo que El les había ordenado hacer. De modo que su falta de fe resultó en desobediencia.

Esta es exactamente la manera cómo es con algunos creyentes hoy. Son hijos de Dios. Han recibido a Jesús por la fe. Han sido bautizados, correspondiendo a los hijos de Israel cruzar el Mar Rojo (1 Cor. 10:2). Sin embargo, por alguna razón, han dejado de creer de una manera viva. No están caminando más en intimidad con Dios. De alguna manera, han encontrado algo en el caminar espiritual que los asusta.

Posiblemente, se han confrontado con algún desafío en su vida que ellos consideran demasiado difícil de vencer. Quizás Jesús ha demandado algo que ellos no están preparado ni dispuestos a hacer. De modo que, han cerrado sus oídos y han dejado de oír Su voz. Han dejado de responder en fe a Su revelación y guía. La comunión íntima que alguna tuvieron con Jesús se ha desvanecido y convertido en un recuerdo agridulce.

Cuando vivimos por la fe también estamos viviendo en obediencia a Dios. Estas cosas van a la par. Es imposible tener una relación de fe viva con Jesús y ser desobedientes. Cuando no estamos obedeciendo a nuestro Señor, no podemos estar caminando en fe. Nuestra negativa a escuchar a Jesús y hacer lo que El dice es vivir en rebelión. Esta es una falta de fe.

Cuando Dios nos dirige en alguna dirección, debemos creer que es lo mejor para nosotros. Cuando El nos dirija a algún área de la vida que nos parezca aterradora, debemos tener fe que El sabe lo que está haciendo y estará con nosotros. Cuando seamos confrontados con situaciones difíciles, aún imposibles, debemos escoger creer que El es capaz de vencer al enemigo a través de nosotros. Solo de esta manera podemos caminar en una fe que nos justifica delante de Dios.

EL JUICIO DE DIOS

Cuando vivimos en desobediencia, estamos viviendo en pecado. Romanos 14:23 declara que: “todo lo que no proviene de fe es pecado”. Claramente, si no estamos obedeciendo es porque no estamos creyendo. Por lo tanto, ya que no estamos caminando en fe, no estamos siendo justificados. Dios no nos está considerando justos.

 

Nuestra falta de fe, en vez de ponernos bien con Dios, está haciendo que El esté disgustado con nosotros. Hebreos 3:13-17 habla de aquellos que salieron de Egipto pero fracasaron en entrar y poseer la Tierra Prometida por su falta de fe. Fueron “endurecidos por el engaño del pecado”. Consecuentemente, sus cuerpos muertos “cayeron en el desierto”. Estas cosas nos hablan hoy día.

Como hemos visto en capítulos anteriores, hay consecuencias reales para nuestras elecciones hoy. Si no continuamos en fe, día tras día siguiendo y obedeciendo a Jesús, entonces no estamos más agradando a Dios. No estamos más en una posición en que podamos experimentar Su gracia. Su desagrado en lugar de Su favor está sobre nosotros.

Por lo tanto, a menos que nos arrepintamos y nos volvamos a Él y lleguemos a estar dispuestos a hacer Su voluntad, sufriremos las consecuencias que Su palabra revela. Como hemos visto antes, una de las consecuencias más serias es que la parte no- transformada de nuestra alma se perderá (Mt. 16:25, Mt. 10:39, Lc. 9:24, 17:33, Jn 12:25). Nuestros “cadáveres” caerán en el desierto. Sufriremos pérdida grande e irrecuperable. Su juicio sobre los hijos desobedientes se llevará a cabo. Si nos volvemos en incredulidad para seguirle a Él, entonces no podemos experimentar las bendiciones de la fe, sino solo las consecuencias de la desobediencia. Estos son aquellos “cuyo fin es ser “quemados” por la santa presencia de Dios (Heb. 6:8).

Heb. 3:13,14 nos urge: “anímense los unos a los otros diariamente, mientras que se dice: ‘Hoy’, no sea que alguno de ustedes se endurezca por el engaño del pecado. Porque hemos llegado a ser participantes de Cristo, si retenemos firme nuestra confianza del principio hasta el fin”.

Ciertamente esto fue escrito a creyentes. Por lo tanto, este “si” aquí es extremadamente importante para nosotros. Debemos continuar adelante en una relación de fe viva con Jesús, si queremos recibir Sus recompensas favorables. Llegar a ser “participantes de Cristo” aquí debe entenderse cómo ser participantes de la plenitud de Cristo ya que todos los verdaderos cristianos ya lo han recibido.

FE NO ES ESPERANZA HUMANA

Mucha gente hoy día, malentendiendo la fe, han intentado convertirla en un tipo de esperanza humana. Se imaginan equivocadamente que si simplemente leen la Biblia, escogen pasajes que les gusta y dan su asentimiento mental al las verdades expresadas en ellos, esto entonces llega a ser fe.

Desafortunadamente, esto es solo un ejercicio anímico que nunca nos puede ayudar. Ninguna declaración continua de verdades escriturarles nos conducirá a la fe genuina. Solo la revelación sobrenatural de Dios puede lograr esto. Las escrituras dicen, “y [Jesús] manifestó Su gloria; y Sus discípulos creyeron en El (Jn. 2:11). Una vez que Jesús se revele a Sí mismo y nos revele Su voluntad, entonces podemos escoger creer. Esta es la clase de fe acerca de la que habla la Biblia.

Los seres humanos son con frecuencia e facilidad segados a las cosas espirituales por definiciones mundanas. Simplemente porque hemos crecido pensando que sabíamos lo que era la fe-esto es, dar a nuestro asentimiento mental alguna idea-nos imaginaos que esta misma definición será lo suficientemente buena como para usarla en nuestro cristianismo.

Tristemente este tipo de actividad mental nunca resultará. Ella meramente genera un tipo de esperanza humana. Solo aquellos que han visto a Dios y le han respondido en fe creen de manera que les haga ser considerados justos y los capacite para recibir lo que El quiera darles. Nuestra fe, que es nuestra respuesta a la revelación de Dios, nos capacita para entrar en lo que Dios nos está mostrando.

Muchos cristianos están tratando de “creer” que tienen algo cuando en realidad no es así. Por ejemplo, ellos afirman que “tienen la mente de Cristo” pero es evidente por sus vidas que sus pensamientos no son dominados por El. Sus palabras y acciones muestran abiertamente que no tienen el Espíritu Santo librándolos del esquema del mundo y del diablo. Sus mentes no están llenas de los pensamientos y opiniones de Jesús.

Quizás estos mismos individuos también creen que ya son completamente salvados, santificados y purificados. Pero aquí también, sus vidas muestran la mentira de esta “fe” de ellos. Citando versículos de la Biblia piensan que poseen algo que obviamente no es así. La suya no es una fe viva.

IRREALIDAD EN LA IGLESIA

Ciertamente, Dios nos ha dado libremente “todas las cosas” (Rom. 8:32). El ha abierto el camino para que nosotros entremos a todo lo que El es. Pero el hecho triste es que muchos no están entrando. Ellos solo se imaginan que han entrado. Están sólo oyendo acerca de estas grandes verdades, dando su asentimiento mental a ellas y esperando que de alguna manera esto lo hará realidad para ellos.

Esta clase de pensamiento llena a los cristianos de nuestro día, y a la iglesia de nuestro tiempo con un sentido muy fuerte y palpable de irrealidad. Demasiadas personas están hablando, orando, predicando y adorando en relación a cosas que no son reales en sus vidas.

Un famoso actor dijo una vez: “la diferencia entre los predicadores y los actores es esta: los predicadores hablan de cosas que son verdad como si no fueran verdad y los actores hablan acerca de cosas que no son verdad como si fuesen verdad”. Que terrible acusación! Qué hay acerca de nuestro cristianismo moderno que produce este tipo de irrealidad que aún los incrédulos notan? Por qué nuestra “creencia” no está produciendo resultados? Por qué estas cosas preciosas no son reales en nuestra vida diaria?.

Hay dos factores principales que parecen estar contribuyendo a este problema: Primeramente, el diablo ha logrado oscurecer la verdad de Dios. A través de sus mentiras y medias verdades ha estado engañando a los hijos de Dios, privándoles de su herencia.

Una gran parte de su mentira es la que hemos estado enfocando. Esta es la creencia que ya tenemos estas preciosas cosas espirituales de Dios aún cuando no es así. El ha propagado este error a través de una definición equivocada de la fe y la gracia. De este modo ha engañado a los cristianos haciéndoles pensar que no necesitan experimentar estas cosas aquí y ahora y que la verdadera justicia sólo existe en la mente de Dios. Satanás ha convertido el Evangelio en una suerte de cuento de hadas, que sólo es verdad en el mundo imaginario.

Esto es exactamente acerca de lo que Pablo nos advierte. El predice que en los últimos días la gente “se volverá a las fábulas” o cuentos de hadas, antes que a la verdad (2 Tim. 4:4)

Y qué es esta “fábula”? es algo solamente imaginario. Es el pensamiento que todas las promesas de Dios son para mañana- un tipo de lugar placentero en el cielo cuando morimos. Es la creencia que la justicia y otras santas virtudes solo existen en la mente de Dios. Es la actitud que Dios solo ve a Jesús y no la manera como realmente somos. Es el pensamiento que nuestras recompensas son futuras y físicas y tienen poco o nada que ver con nuestra experiencia hoy día. Es la impresión que no habrá consecuencias negativas para la desobediencia de los hijos de Dios.

Estas son las mentiras del enemigo. Es una gran oscuridad la que pende pesadamente sobre la Iglesia de nuestros días “por tanto, si la luz que está en ti es oscuridad, cuan grande es la oscuridad” (Mt. 6:23)!

El resultado de creer estas mentiras es que no somos motivados a avanzar en Cristo y tomar posesión de todo lo que El es. Pensando que ya hemos recibido todo no buscamos experimentar más. Creyendo que nuestra “recompensa” tiene muy poca relación con la manera como vivimos hoy, dejamos de preocuparnos acerca de la verdadera condición de nuestra alma. El temor de Dios ha desaparecido. Para muchos, el cristianismo solo consiste en tratar de evitar pecados obvios que podrían ofender a otros, luego tratar continuamente de asegurarnos unos a otros que todo está O.K. cuando claramente no lo está.

Esto es lo que significa “recibir la gracia de Dios en vano” (2 Cor. 6:1). Aún cuando todas las cosas buenas nos están siendo ofrecidas, no estamos tomando posesión de ellas. Aún cuando nuestro Señor lo ha hecho todo para nosotros, no le estamos permitiendo hacer Su obra en nosotros.

Dios en Su gran bondad no está juzgando nuestras actitudes y acciones hoy. Pero es claro que esta bondad de Dios debe “guiar al arrepentimiento” (Rom. 2:4). Nos debe impulsar a abrir nuestras vidas a Él y dejarle hacer Su voluntad. El hecho que El se haya dado a Sí mismo por nosotros debe estimularnos a entregarnos nosotros mismos completamente a Él. Si no experimentamos por nosotros mismos todas las cosas maravillosas que Dios nos ha ofrecido gratuitamente, estamos abusando de su bondad. Cuando no respondemos a la gracia que se nos ofrece, hemos “insultado al Espíritu de gracia” (Heb. 10:29). Cuando la verdad de Dios no nos estimula a abrir nuestras vidas y dejarle hacer Su obra dentro de nosotros “dejamos de alcanzar la gracia de Dios” (Heb. 12:15). Las mentiras del enemigo y nuestra propia testarudez nos impiden tener lo que debería ser nuestro por derecho.

En segundo lugar, un factor importante que contribuye a nuestra falta de progreso espiritual hoy es nuestra aversión a morir. Como hemos visto en el capítulo 5, una parte importante del trabajo de Dios en nosotros es dar muerte a la vida y naturaleza antiguas. Para seguir a Jesús debemos estar dispuestos a “tomar nuestra cruz” (Mt. 16:24), o en otras palabras, debemos estar listos a morir.

Esto por supuesto no es lo que la carne quiere oír. Es un punto en el cual muchos tropiezan y caen. A muchos les agrada oír y beber la “leche de la palabra” pero la comida sólida no les es agradable. La “predicación de la cruz” es ciertamente comida sólida. No es fácil de digerir.

Las cosas maravillosas casi inimaginables que Jesucristo nos está ofreciendo son emocionantes. Pero hay un precio que pagar. Aún cuando todo es gratis, aún cuando Jesús ya pagó el precio más alto por nosotros, sin embargo hay todavía un costo en términos humanos. Para tomar posesión de todo lo que Dios ofrece, debemos perder nuestra propia vida (SIQUE) (Mt. 16:25). Para que El viva a través de nosotros, debemos morir.

Sin duda esta es una razón por qué tan pocos hijos de Dios parecen estar entrando y tomando posesión de las cosas de Cristo el costo para ellos es demasiado alto. Quizás nunca se les ha dicho la historia completa. Posiblemente nunca ha llegado a sus oídos “todo el consejo de Dios” (Hch. 20:27). Consecuentemente, nunca se sentaron a “calcular el costo” (Lc. 14:28).

El resultado desafortunado es que ellos están resistiendo los esfuerzos del Espíritu por tratar de llevarlos a la madurez. No estando preparados para experimentar la muerte de Cristo obrando en ellos, rechazan la gracia de Dios la cual los salvaría de lo que son. Cualquier falta de voluntad de nuestra parte detiene de inmediato nuestro progreso espiritual.

Como hemos visto antes, nuestro Señor nunca violará nuestra voluntad. De modo que cuando nos ponemos reacios a que la cruz opere en nuestras vidas, cuando amamos lo que somos y quienes somos más que a Cristo, o cuando no tenemos la disposición de actuar en la fe que Jesús nos da, entonces nuestro progreso espiritual se detiene.

LA JUSTICIA DE DIOS

Hemos estado hablando en este capítulo acerca de la justicia imputada. Este es el hecho que, a causa de nuestra fe, Dios se relaciona con nosotros como si realmente fuéramos justos. Sin embargo, hay otra “justicia” revelada en el Nuevo Testamento. Esta justicia también es el resultado de nuestra fe. Esta es la justicia de Dios (Fil. 3:9). Nuestro Dios nos está perdonando nuestros pecados, pasando por alto nuestras faltas y entrando en una relación con nosotros con un propósito. El nos está tratando como si fuéramos justos, de modo que podamos en realidad llegar a ser justos.

Nuestra fe nos trae a una intimidad con Dios que está destinada a cambiarnos. Esta relación, que involucra recibir la auténtica Vida de Dios con Su naturaleza divina, tiene como objetivo alterar nuestro ser en el nivel más fundamental. Este cambio es el resultado de nuestra fe viva. Es algo que comienza a revelarse en nuestro carácter. A través de esta fe nuestra, Dios comienza a transformar nuestra alma, intercambiando Su Vida con la nuestra y así comenzar a revelarse a Si mismo por medio de nosotros. De esta forma comenzamos a exhibir Su justicia.

Esta justicia “no de vosotros, pues es don de Dios”; (Ef. 2:8). Sin embargo, aún cuando nosotros no somos el origen, ella se expresa a través de nosotros. La fuente es Dios, pero la manifestación es a través de seres humanos. Esta clase de justicia no existe solamente en la mente de Dios. Es algo visible, aquí mismo en la tierra. No es el resultado del esfuerzo personal, sino el producto de nuestra fe viva a cada día.

Ven ustedes, nuestra fe, que es la fuente de nuestra relación con Dios, nos mueve a obedecerle. Nos impele a abrir nuestro ser a Él. Dando como resultado el que le permitamos dominar y predominar dentro de nosotros. Así es como cumplimos Su voluntad. Si nuestra fe es real, entonces producirá resultados.

Cuando nuestra fe es viva, una justicia genuina se exhibe en nosotros. El “apacible fruto de justicia” (Heb. 12:11) es algo tangible que Dios está buscando establecer en nosotros. Si no estamos exhibiendo este fruto, entonces es una señal que nuestra fe no está activa. Solo una fe viva, diaria, que esté produciendo intimidad con Dios, realmente nos cambia.

Queridos hermanos y hermanas, cómo necesitamos estar caminando por fe hoy. Sin fe, es imposible agradar a Dios (Heb. 11:6). Él lo ha hecho todo por nosotros. Su gracia está disponible a todos en abundancia. Aún más fe está disponible de Su parte si estamos listos y dispuestos a recibirla.

Nuestra parte consiste solamente en responderle. Lo que se requiere de nosotros es simplemente someter nuestras vidas completamente a Su autoridad, recibir lo que El está ofreciendo y permitirle hacer su obra completa. De esta manera, la gracia de Dios obrando a través de nuestra fe llevará a cabo Su voluntad en nuestras vidas y recibiremos los beneficios de la obra completa de Cristo.

Fin del Capítulo 12

Use los siguientes hipervínculos para leer otros capítulos

Capítulo 1: El Amor de Dios

Capítulo 2: La oferta de la vida

Capítulo 3: Los dos árboles

Capítulo 4: Las dos naturalezas

Capítulo 5: La sentencia de muerte

Capítulo 6: La salvación del alma

Capítulo 7: El Tribunal de Cristo

Capítulo 8: Montañas y valles

Capítulo 9: La Sangre del pacto

Capítulo 10: Dividiendo el Alma y el Espíritu (1)

Capítulo 11: Dividiendo el Alma y el Espíritu (2)


Capítulo 13: La imagen del Invisible

Capítulo 14: La Esperanza de gloria