Ministerio Grano de Trigo

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Deja ir a mi Pueblo


UNA PUBLICACIÓN DE MINISTERIO “GRANO DE TRIGO”

Escrito por David W. Dyer

ÍNDICE

Capítulo 1:Una visión celestial

Capítulo 2:La sustancia de la Iglesia

Capítulo 3:La forma de la Iglesia

Capítulo 4:Donde Dios habita

Capítulo 5:Liderazgo en la Iglesia

Capítulo 6:¡Deja ir a mi Pueblo!

Capítulo 7:La unidad de la Iglesia

Capítulo 8:Compromiso

Capítulo 9:Reuniones de la verdadera Iglesia

Capítulo 10:Viviendo en amor

Capítulo 11:Cosas que destruyen

Capítulo 12:Edificar sobre la Fundación

Epílogo


Capítulo 7
La unidad de la Iglesia

Para vivir y trabajar en armonía con los pensamientos de Dios, primero debemos ver las cosas desde Su punto de vista. Pero ¿cuál es este punto de vista? Es este: cuando Dios mira hacia abajo desde el cielo, Él no ve miles de diferentes "cuerpos de Cristo". Él solo ve Su único cuerpo. La Biblia dice específicamente que hay: "un solo cuerpo y un solo Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos y por todos y en todos" (Ef 4:4-6). Realmente hay una sola Iglesia. Este es el punto de vista de Dios.

Mientras que nosotros, desde nuestro punto de vista terrenal, podemos ver las muchas divisiones, "iglesias", denominaciones, sectas, etc., que dividen este cuerpo, en realidad es realmente uno solo. Sin duda, Dios se da cuenta de que estos diferentes segmentos existen. Él debe estar consciente de ellos. Sin embargo, cuando Él mira sobre la Tierra, Él ve solo una Iglesia, una Novia. Por lo tanto, para trabajar en armonía con Él, debemos adoptar Su punto de vista. Debemos comenzar a ver a la Iglesia como una sola.

Usted puede notar mientras camina con Dios que, aunque Él es consciente de las divisiones dentro de Su cuerpo, Él visita cada una de sus partes. Él ama a todos y a cada uno de los miembros. Él le ministra a cada grupo, iglesia, denominación y secta. Su cuidado amoroso, Su gracia abundante, Su poder para libertar y sanar, y Su obra de santificación están disponibles para todos sin excepción.

Prácticamente cada grupo de cristianos verdaderos, sin importar cuál sea su postura doctrinal, tradición, costumbre, práctica o énfasis, experimenta la presencia de Dios en un grado u otro. Por lo tanto, podemos percibir que nuestro Señor visita cualquier reunión de cristianos dispuestos a recibirlo y se ministra a Sí mismo allí. Él no está limitado por sus divisiones. No se detiene por sus muros doctrinales. No se ve obstaculizado por sus prácticas peculiares. En cambio, Su amor lo obliga a ministrarles usando cualquier apertura que esté disponible para Él.

Sin duda, estas divisiones lo entristecen. Es muy probable que Él quiera que las cosas sean diferentes. Es cierto que tales facciones son contrarias a Su voluntad expresada. Sin embargo, a Su manera humilde, Jesús visita cada parte del cuerpo de Cristo y se ministra a Sí mismo.

Ahora contemplemos esto con mucho cuidado. Ya que nuestro Señor se comporta de esta manera, ¿cómo debemos comportarnos nosotros? ¿Somos mejores que Él? ¿Somos más santos que el Espíritu Santo? ¿Podemos separarnos de los demás porque ellos son causadores de divisiones? ¿Se nos permite ser más discriminatorios al decidir a quién le ministraremos o no, o con quién tendremos comunión o no? Ciertamente, la respuesta a esto debe ser "No".

Por lo tanto, debemos adoptar la perspectiva celestial de Dios cuando avanzamos para trabajar junto con Él en la edificación de Su Novia, Su Iglesia. Otros pueden tener sus divisiones, pero nosotros no necesitamos tener ninguna. Algunos pueden tener sus muros y barreras, pero para nosotros no tienen por qué existir. Muchos pueden aislarse del resto del cuerpo, criticar a los demás y sentirse superiores debido a sus enseñanzas, su liderazgo o sus prácticas. Sin embargo, para aquellos que tienen intimidad con Cristo, estas cosas no tienen por qué impedirnos amarlos y servirles.

En estos días, es imposible para nosotros derribar todos los diferentes muros de separación que existen en el cuerpo de Cristo. No podemos eliminar todas las divisiones. El problema es demasiado grande y generalizado.

Sin embargo, hay un lugar donde podemos eliminar todas esas barreras. Hay un lugar donde toda división puede dejar de existir: en nuestros propios corazones. Al estar llenos y motivados por el amor de Dios, podemos adoptar Su propio punto de vista. Podemos pasar por alto estos impedimentos creados por el hombre y, luego, cuando y donde podamos, ministrarle a Jesucristo a todos y a cada uno de Su pueblo.

Nosotros, el pueblo de Dios, somos libres. Somos libres para amarlos a todos. Somos libres para recibirlos a todos, abrazarlos a todos, servirles a todos, e incluso reunirnos con todos y cada uno. Nuestra actitud hacia cada miembro del cuerpo de Cristo e incluso todas las diferentes reuniones de Su pueblo puede ser la misma que la de Dios. Podemos amarlos y ministrarles a Cristo.

SOLO UNA LIMITACIÓN

La única limitación a esta manifestación de unidad viene cuando comenzamos a colaborar con otros en la edificación de Su casa. Se nos ha exhortado claramente a edificar solo de acuerdo con la visión celestial. Por lo tanto, no somos libres de lanzarnos a todos y cada uno de los esquemas de edificación que encontremos. No es sabio involucrarnos en obras y esfuerzos humanos. No podemos ayudar a otros a edificar algo que no satisfaga los deseos de Dios.

Sin embargo, aunque es posible que no podamos unirnos a muchos grupos cristianos en aquello que ellos están edificando, aún podemos amarlos y servirles de varias maneras. Si bien podemos discernir que su edificación no es eterna y, por lo tanto, no podemos invertir nuestro tiempo en colaborar con ellos en este esfuerzo, todavía es posible pasar por alto este impedimento y ministrar el Espíritu de Jesucristo cuando y donde sea posible. En muchos casos, es posible encontrar maneras, tal como lo hace Dios, de compartir Su vida eterna con ellos.

Tal vez por trabajar de esta manera, cuando la cáscara externa del esfuerzo humano se quema por la presencia de Jesús en Su venida, algo precioso y eterno permanecerá. Podemos ser capaces, a través de la sabiduría y el poder de Dios, de haber edificado algo sólido y duradero, a pesar de sus edificaciones terrenales.

Es cierto que debemos tener mucho cuidado de no involucrarnos ni enredarnos en organizaciones humanas, pero también es cierto que por la sabiduría de Dios podemos ministrar a Cristo en casi cualquier situación. Nunca debemos perder nuestra visión de la casa de Dios ni dejar que nos estorben las obras religiosas mundanas. Es esencial que siempre discernamos cada situación y tengamos cuidado de edificar solo con los materiales de Dios a Su manera. Sin embargo, así como Jesús encuentra maneras de ministrarse a sí mismo a otros, en medio de varias edificaciones defectuosas, así también nosotros podemos trabajar juntos con Él para amar y servirle a Su cuerpo.

Cuando vemos el pecado de otros, cuando percibimos que las divisiones que existen son contrarias a la voluntad de Dios, no necesitamos correr y escondernos. Tampoco tenemos la obligación de excluir a estos "pecadores" de nuestra esfera de amor y servicio. No hay necesidad de que evitemos todo contacto con ellos por miedo de contaminarnos con estas divisiones. Esta es una reacción meramente natural y carnal.

El ministerio de Jesús nos da un ejemplo a seguir. Leemos que ministraba con frecuencia en las sinagogas de Su época (Mt 4:23; 9:35). Sin embargo, estas reuniones no eran bíblicas. En ninguna parte de la Biblia Dios les instruyó a los judíos edificar sinagogas y reunirse en ellas. Estas fueron una invención meramente humana y religiosa. Entonces, ¿las evitó Jesús? ¿Miró con desprecio y pensó: "No me involucraré en esta obra humana impía y sin base en la Escritura"? ¡No! En cambio, fue allí para ministrarse a Sí mismo a la gente de manera regular (Lc 4:16).

Es cierto que este sistema de sinagogas no cambió debido a Su ministerio. Es cierto que la mayoría no fueron transformados por Sus palabras. Sin duda, hubo muchas ocasiones en que Jesús no fue bien recibido. Ocasionalmente, incluso trataron de matarlo. Sin embargo, Él fue persistentemente a las sinagogas, porque sabía que había algunos presentes que tenían hambre de Él. Jesús amaba a estas personas y aprovechaba cada oportunidad para ministrarse a Sí mismo a ellos.

Jesús no se convirtió en el líder de alguna sinagoga. No trató de "trabajar dentro del sistema", para conseguir un cambio. Él no se complicó con obras y prácticas religiosas humanas. Pero sí aprovechó cada momento para presentarse a Sí mismo (Lc 4:16-21) para servirles el pan de Vida. Nosotros, Su pueblo, también somos libres de vivir y trabajar de la misma manera que Él lo hizo.

CÓMO SE DIVIDE EL CUERPO

La Iglesia de Dios es una sola. Hay una unidad espiritual inherente en toda la Iglesia que incluye a cada cristiano desde el momento en que Jesucristo murió en la cruz por nuestros pecados hasta hoy. Aunque esto es así, la Iglesia en realidad está dividida de varias maneras.

En primer lugar, la Iglesia se divide en dos categorías: aquellos en la Iglesia que han muerto y partieron para estar con el Señor, y aquellos en la Iglesia que aún permanecen en la Tierra. La realidad física de la muerte divide a la Iglesia en estas dos categorías. Pero incluso la parte de la Iglesia que "permanece" aquí en la Tierra, está dividida en partes separadas. De lo que estamos hablando aquí no es del problema de la división, sino de los hechos de las limitaciones físicas. Una de estas limitaciones es la ubicación geográfica.

Entonces, en segundo lugar, el cuerpo de Cristo está dividido geográficamente. La gente vive en diferentes países, en diferentes ciudades y en diversos barrios. Dado que es la naturaleza de los hombres reunirse en comunidades, la Iglesia también está dividida físicamente de la misma manera. Por lo tanto, la única Iglesia verdadera está separada en iglesias en cada comunidad. Obviamente, entonces es imposible que estos cristianos en estos lugares dispares se asocien, se reúnan y se sirvan unos a otros diariamente.

Por lo tanto, vemos que la única Iglesia de Dios está dividida en unidades locales. Por ejemplo, la Biblia habla de la iglesia en esta ciudad o en aquella ciudad. Estas no son realmente iglesias separadas, sino simplemente la parte de la única Iglesia verdadera que vive en un lugar particular u otro.

Tal separación geográfica de ninguna manera implica que los cristianos que viven en estas diferentes ciudades deban separarse espiritualmente de otros en otros lugares. La división terrenal de la Iglesia es debido solamente a la tendencia de hombres a separarse en ciudades. Todo esto indica que hay una división terrenal y práctica de la Iglesia por comunidades.

El hecho de que esta separación física no debe implicar ninguna separación espiritual se muestra claramente por la enseñanza de la Biblia acerca de la hospitalidad. Las Escrituras nos enseñan que debemos acoger bien a los extraños. Debemos abrir nuestros hogares y nuestros corazones a los hermanos que están pasando por nuestra ciudad (Rom 12:13; 1 Tim 3:2; Tit 1:8; 1 Pe 4:9).

Estos versículos nos muestran que debemos tener el mismo amor; la misma disposición y la misma unidad espiritual con cada cristiano, independientemente de dónde vivan. Por lo tanto, es fácil ver que la unidad real se extiende más allá de la división física de la Iglesia por localidades. Aunque la Iglesia está dividida geográficamente, la unidad del Espíritu todavía prevalece.

LIMITACIONES DE NATURALEZA PRÁCTICA

En tercer lugar, dentro de cualquier ciudad, puede haber muchos miles de cristianos. Dependiendo del tamaño de la ciudad y del número de cristianos, probablemente sería imposible para ellos conocerse. Es más imposible aún que se reúnan y tengan comunión a diario. Por esta razón, en la práctica, la Iglesia de Dios está aún más dividida. Los miembros de una Iglesia pueden reunirse con frecuencia con un grupo o grupos menores cuando se reúnen para alabar y orar, etc. Sin embargo, estos cristianos siguen siendo miembros de la única Iglesia en su ciudad, que es solo una parte más pequeña de la única Iglesia verdadera. Una vez más debemos darnos cuenta de que esta división de la Iglesia, con respecto a las reuniones de iglesia, solo es física y nunca debe conducir a la desunión espiritual.

Esta es entonces la limitación de la practicidad. Aunque en la misma ciudad podría ser imposible que todos los cristianos se reúnan en una sala o un auditorio, el principio de unidad sigue siendo el mismo. Aunque ciertamente estos cristianos pueden reunirse en hogares u otros lugares separados, su compromiso de servicio y amor debe ser para todos y no simplemente para un grupo distinto con el que tienen una asociación más frecuente.

LIBERTAD PARA REUNIRSE CON TODOS

Aquí también debemos considerar otro error común. A menudo se enseña y practica que donde nos reunimos con otros cristianos es una especie de grupo “absoluto”. Es una especie de lugar santo con el cual debemos estar comprometidos. Si nos reunimos con el grupo "X", por ejemplo, entonces no debemos reunirnos con el grupo "Y".

Pero tal pensamiento nunca estuvo y no está en el corazón de Dios nuestro Padre. En el libro de los Hechos, leemos que los cristianos se reunían cada día en las casas (Hch 2:46). Esto significa que un día algunos se reunían en una casa y al día siguiente en otra. Pero seguramente existía algo de superposición aquí. Ciertamente, todas y cada una de las reuniones no eran una entidad distinta y separada. Sin duda, algunos de los que se reunían en un hogar también se reunían en otros hogares con diferentes cristianos dependiendo de la guía del Espíritu Santo.

Consideremos este hecho: Tal vez el hermano José se reúne el martes por la noche con un grupo en la casa de alguien. ¿Significa esto que no puede reunirse el miércoles con otro grupo en otra casa? ¡Por supuesto que no! El hermano José es miembro del cuerpo de Cristo. Él es libre de reunirse con todos y cada uno de los cristianos en el mundo entero. Él tiene la libertad de congregarse con diferentes cristianos cada noche, si así lo desea. Ningún hermano o hermana está bajo ninguna restricción bíblica para limitarse a reunirse solo con un grupo en particular. Si lo hacen, esto constituye división de su parte.

NUESTRA ACTITUD DE CORAZÓN

Aunque el cuerpo de Cristo está "dividido" por limitaciones geográficas y prácticas, queda la cuestión de la actitud de nuestro corazón. Para mantener una postura bíblica, también debemos mantener un corazón de amor por todos los hijos de Dios. Nunca podemos volvernos exclusivos en nuestras actitudes o acciones. Nuestro amor debe ser el mismo para todos, ya sea que nos encontremos con ellos con frecuencia o no.

Esta debe ser nuestra postura. Debemos amarlos a todos, recibirlos a todos, servirles a todos, abrazarlos a todos y ministrarles a todos. Para agradar a Dios, nuestros corazones deben llegar a tener esta disposición y mantenerla. Necesitamos recibir y preservar el punto de vista celestial de nuestro Padre. A Sus ojos, todo es un solo cuerpo (Ef 4:4). Nuestra obligación es vivir, actuar y movernos en esta realidad.

En realidad, no importa si otros están de acuerdo con nosotros. Puede que ni siquiera les agrademos. Las cosas pueden llegar a un punto en el que otros cristianos verdaderamente luchen contra nosotros o incluso deseen matarnos (Mt 10:16-22). Pero la actitud de nuestro corazón debe seguir siendo de amor y perdón. Nuestro Señor nos instruyó amar a nuestros enemigos. Esto también debe aplicarse a los hermanos o hermanas que se convierten en nuestros enemigos.

Tener unidad espiritual significa que el vínculo del amor fraternal nunca se rompe. Permítame aclarar esto con una ilustración. Tal vez dos cristianos viven en la misma ciudad, pero no se conocen. Cada uno podría estar reuniéndose con los cristianos con los que está familiarizado.

Sin embargo, si alguna vez se encuentran uno al otro, debería haber amor, armonía y unidad entre ellos. Deben aceptarse y amarse uno al otro tanto como a aquellos que ya conocen. Esto solo es posible si no tienen ninguna actitud de corazón que produzca divisiones o cualquier otra cosa que pueda interrumpir la unidad genuina del Cuerpo de Cristo. Esta es la unidad espiritual genuina. Es algo que es inherente de cada cristiano y que cada uno de nosotros puede experimentar. Aunque la unidad es en primer lugar espiritual, tiene una expresión muy real y tangible: el amor fraternal.

LA IGLESIA EN CORINTO

En el primer libro de Corintios, leemos acerca de un grupo de personas, la iglesia en Corinto, que evidentemente no tuvo esta experiencia de unidad. La iglesia en esa ciudad estaba dividida en varias facciones o partidos. Pablo escribió una porción de su epístola a los corintios con el propósito de reprenderlos y exhortarlos a ser uno en el Señor. ¡Cómo este pasaje nos recuerda la situación entre muchos cristianos hoy!

Leemos en 1 Corintios, capítulo 1, comenzando por el versículo 10: "Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y un mismo parecer, porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas. Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: «Yo soy de Pablo», «Yo, de Apolos», «Yo, de Cefas» o «Yo, de Cristo». ¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?" (1 Co 1:10-13).

¡Con qué facilidad estos versículos podrían haber sido escritos para la iglesia en casi cualquier ciudad hoy en día! Tal división es la situación común entre los cristianos de nuestro tiempo. De hecho, a muchos cristianos se les enseña que es apropiado que se dividan de esta manera. Cuán lamentable es que se alejen tanto del cristianismo bíblico.

Cada grupo dice cosas como: "Somos de esta creencia", "Somos de aquella opinión", "Soy carismático", "Soy pentecostal", "Estoy a favor del bautismo por cierto método" o "Sigo a cierto líder". Y así es como encontramos a gran parte de la Iglesia de Dios hoy en día: divididos, discutiendo y en desacuerdo unos con otros.

Un grupo de cristianos tal vez sospecha de las intenciones, las enseñanzas o los métodos del otro. Un determinado grupo puede tenerle envidia a otro porque tiene más miembros o un edificio más elegante. Todas estas cosas solo dividen a la Iglesia de Dios.

Discusiones, contiendas y desacuerdos de esta naturaleza entre los miembros del cuerpo de Cristo son evidencias de una actitud carnal e inmadurez espiritual. Leamos de nuevo en 1 Corintios, esta vez en el capítulo 3, comenzando por el versículo 1: "De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche, no alimento sólido, porque aún no erais capaces; ni sois capaces todavía, porque aún sois carnales. En efecto, habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales y andáis como hombres? Pues cuando uno dice: «Yo ciertamente soy de Pablo», y el otro: «Yo soy de Apolos», ¿no sois carnales?" (1 Co 3:1-4).

El problema entre los cristianos de hoy, en cada ciudad, no es que haya muchas reuniones diferentes. Esa es una cuestión de necesidad. El problema es que cada una de estas reuniones adquiere una identidad separada. Cada uno de estos grupos comienza a adherirse a cierta doctrina, líder, práctica o camino que lo diferencia de otras reuniones de cristianos genuinos en esa ciudad.

Cada grupo construye algún tipo de muro o barrera para mantener a "sus ovejas" separadas de todas las demás. Para cada grupo, el punto de separación puede ser una cosa diferente. Sin embargo, el resultado es el mismo: la división de la Iglesia en cada ciudad en sectas o facciones menores que tienen poco o nada que ver entre sí. Esta situación no es de Dios. Es lo que Pablo designa como carnal e infantil. Tal división destruye el buen funcionamiento del cuerpo de Cristo y obstaculiza la obra de Dios en la Tierra.

Permítanme ser tan audaz como para hacer una pregunta. ¿Hay alguna diferencia real entre decir "Yo soy de Pablo", "Yo soy de Apolos" o "Yo soy de Cristo", y decir "Soy luterano", "Soy bautista", "Estoy a favor de cierta organización del presbiterio" o "Soy de la Iglesia de Cristo"? Cuánto se asemeja la situación actual con la de la ciudad de Corinto. Sin embargo, cuán fuertemente nosotros, como hombres, justificamos lo que estamos haciendo, a pesar de la clara enseñanza que se encuentra en las Escrituras.

Por supuesto, todo esto se hace por buenas razones, humanamente hablando. Algunos están tratando de proteger lo que consideran "la fe". Otros pueden estar tratando de salvar de la impureza cierta verdad que han descubierto. Otros más podrían estar esforzándose para proteger a sus miembros de enseñanzas erradas. Sin embargo, el resultado de todas estas razones bien intencionadas es desobedecer las Escrituras y dividir a la Iglesia de Dios.

Puede ser instructivo para nosotros recordar aquí que Pablo escribió esa epístola a "la Iglesia de Dios que está en Corinto". Esta ciudad estaba llena de divisiones religiosas. Había varias facciones diferentes y en desacuerdo. Sin embargo, a pesar de las divisiones, Pablo reconoció que aquella era solamente una pequeña parte de la única Iglesia verdadera que existe hoy.

Como hemos estado viendo, la Iglesia en cada ciudad está compuesta por cada cristiano verdaderamente nacido de nuevo que habita en aquella ciudad. Además, todas las reuniones cristianas son realmente solo reuniones de una única Iglesia. Por lo tanto, debemos esforzarnos por vivir esta realidad. Nuestros encuentros con otros cristianos no deberían ser cerrados y diferentes de los encuentros con el resto de los cristianos de la ciudad en que vivimos.

Con esto quiero decir que nunca deberíamos tener algún tipo de membresía cerrada y separada. Nunca debemos insistir en que alguien se reúna solo con nosotros, prohibiéndoles participar en otras reuniones cristianas con otros creyentes. Nuestras paredes deben estar abajo y nuestras puertas deben estar abiertas. Nuestros corazones deben estar abiertos igualmente para con todos y cada uno de los cristianos con los que entremos en contacto. Esta es la unidad genuina.

LA BASE DE LA UNIDAD

La unidad cristiana no se basa en el acuerdo mutuo sobre doctrinas. Por ejemplo, sin duda habrá muchos que no estén de acuerdo con lo que estoy enseñando en este libro. Pero nuestra obligación de amarnos unos a otros trasciende ese desacuerdo. Nuestro amor por los demás se basa en el hecho de que tenemos un compromiso con Jesucristo y con todos aquellos que le pertenecen.

La verdadera unidad no es lo mismo que la unanimidad. La verdad honesta es que nunca estaremos todos de acuerdo unos con otros doctrinalmente. Siempre habrá diferencias de opinión. No todos tienen la misma revelación. Algunos carecen de comprensión espiritual. Otros no han crecido espiritualmente lo suficiente como para recibir ciertas verdades.

El escritor de Hebreos, por ejemplo, tenía muchas cosas que deseaba enseñarles a los cristianos, pero eran demasiado infantiles para recibirlas (Heb 5:11-13). Otros más, son tercos, obstinados o simplemente están equivocados sobre muchas cosas. Por lo tanto, el acuerdo doctrinal nunca puede ser la base de nuestra unidad.

La verdadera unidad tampoco es uniformidad. Es verdad que se nos exhorta a estar unidos en una misma mente y un mismo parecer (1 Co 1:10). Sin embargo, este objetivo no se puede conseguir insistiendo en que todos estén de acuerdo con nosotros. Este ideal solo se puede alcanzar a través de la obra del Espíritu Santo en cada individuo. Si insistimos en que aquellos con quienes tenemos relaciones espirituales hablen, actúen y piensen solo de formas predeterminadas, podemos conseguir una apariencia de uniformidad, pero nunca tendremos la verdadera unidad que Jesús desea.

Dios nos instruye a mantener la "unidad del Espíritu" hasta que todos lleguemos a la "unidad de la fe" (Ef 4:3,13). Así que vemos que la unidad del entendimiento común solo vendrá con el crecimiento, la madurez y, tal vez, incluso la segunda venida de Cristo. Pero mientras tanto, se nos exhorta a mantener una unidad espiritual (la unidad del Espíritu) con cada miembro del cuerpo de Cristo.

La verdadera unidad tampoco es conformidad. Muchos grupos de cristianos presionan a sus miembros, ya sea sutil o abiertamente, para que se ajusten a un cierto conjunto de prácticas y reglas. Estos pueden incluir códigos de vestimenta, un conjunto de actividades, una disposición de figuras de autoridad o incluso una forma peculiar y distintiva de hablar, tener interacciones sociales o hasta predicar.

Sin embargo, esto tampoco es una unidad real. Al hombre natural se le puede enseñar y condicionar para que se ajuste a muchos estándares diferentes. El ejército es un buen ejemplo de ello. Allí, todos se visten, hablan y actúan igual, además de mostrar obediencia. En algunos grupos cristianos, estas cosas también están en evidencia. Pero esto no constituye verdadera unidad, ni logra mejorar nuestro crecimiento espiritual o cambiarnos a la imagen de Cristo. La unidad que Dios está buscando es que todos sean transformados para ser semejantes a la misma Persona, Jesucristo.

LA ORACIÓN DE JESÚS

En Juan, capítulo 17, se registra una oración especial. Aquí, Jesús está intercediendo por aquellos que lo habían recibido y los que lo recibirían más adelante. Parte de su oración es que aquellos a quienes el Padre le ha dado sean uno (Jn 17:20, 21).

Cuando era un cristiano más joven, yo creía y enseñaba que Jesús le estaba suplicando a Su Padre que todos los cristianos se llevaran bien. Me imaginaba que Él estaba pidiendo que Su Iglesia no tuviera sectas ni divisiones. Suponía que Jesús estaba pidiendo el tipo de unidad "horizontal", que produciría una expresión visible del único cuerpo que Dios ciertamente ve.

No obstante, después de algunos años de caminar con el Señor, vi que mi comprensión de la oración de Jesús había cambiado. Si realmente Jesús estaba pidiendo una unidad mundial de todos los cristianos, entonces, hasta hoy, el Padre no lo ha escuchado. Si Su petición era que todos los cristianos se llevaran bien entre sí y se reunieran, entonces la oración de Jesús ha quedado sin respuesta durante casi 2000 años.

Tal vez algunos imaginen que, por fin, ahora al final de esta era, de repente algo va a suceder para hacer que ocurra esta gran unificación de los cristianos. Pero el hecho es que la situación solo empeorará a medida que se acerque el final. Al final de esta era, los cristianos incluso comenzarán a odiarse unos a otros en la medida en que se entreguen unos a otros a las autoridades para ser asesinados (Mt 24:10). En esta era, no veremos nunca una respuesta a la oración de Cristo a través de una muestra externa de unidad.

Entonces, ¿cómo debemos interpretar la oración de Jesús? ¿Qué era lo que Él le estaba pidiendo al Padre? Para comenzar, debemos ver que Jesús es uno con Su Padre. Él dijo: "El Padre y yo uno somos" (Jn 10:30). El Hijo siempre ha tenido (excepto un breve momento en la cruz), y siempre tendrá la comunión más íntima con el Padre. Están en constante comunión. La unidad que tienen es tan completa e íntima que las mentes de los hombres se agotan y sus palabras no pueden lograr describirla. Simplemente, para los hombres no es posible comprender la íntima comunión entre el Padre e el Hijo. La suya es una unidad completa, íntima y eterna. Tan absoluta es esta intimidad que Jesús insiste en que "El que me ha visto a mí ha visto al Padre" (Jn 14:9). Esta unidad es tan completa que, cuando Jesús estuvo en la Tierra, Sus palabras y obras eran simplemente una expresión de Su Padre (Jn 14:10). Increíblemente, Jesús ni siquiera estaba motivado por Su vida humana que recibió de María, sino que siempre estaba viviendo por la Vida del Padre (Jn 6:57). Jesús y el Padre tienen completa unidad de Espíritu, corazón y mente. Todos Sus pensamientos, sentimientos y acciones están en armonía. En esta relación no hay independencia en Su mente, Sus emociones o Sus acciones.

Esta es una relación de amor eterno. El Padre ama al Hijo y le ha entregado todas las cosas (Jn 3:35; 5:20). Todo lo que el Padre es y todo lo que Él tiene le pertenece al Hijo (Jn 13:3).

Esta intimidad entre el Padre y el Hijo es tan extrema que se nos enseña que Jesús es "la imagen del Dios invisible" (Col 1:15). La manifestación del Padre a través del Hijo es tan exacta que se nos enseña que es "la imagen misma de su sustancia" (Heb 1:3). Las Escrituras incluso llegan a enseñar que el Hijo es una expresión plena y completa de todo lo que el Padre es. Leemos: "Porque en Él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad" (Col 2:9). Y también: "Porque al Padre agradó que en Él habitara toda la plenitud" (Col 1:19).

Esa pequeña meditación es un intento de ayudar el lector a comprender el sentido de la oración de Jesús. Él no estaba orando para que estuviéramos de acuerdo o nos soportáramos mejor unos a otros, por más importante que eso pueda ser. Él no estaba pidiéndole al Padre que todos los cristianos se juntaran debajo de una única bandera o debajo de un solo techo.

Estaba intercediendo por algo muy superior. Su oración al Padre era por algo tan grande que es casi inimaginable. Jesús estaba pidiendo que nosotros alcanzáramos la misma unidad y comunión que Él tiene con Su Padre.

Sí, entendió bien. El deseo de Jesús es que sus seguidores puedan ser traídos por Dios para participar en esta santa unidad y comunión. Él estaba pidiendo que nosotros también pudiéramos disfrutar de la intimidad que Él tiene con Su Padre. Su petición fue que esta santa unidad que Él y el Padre tienen se ampliara para incluir también a Sus discípulos.

Con este pensamiento sublime en mente, leamos juntos: "Pero no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste" (Jn 17:20, 21). Estos versículos no están hablando de cristianos tratando de llevarse bien unos con otros, sino de algo mucho más elevado y santo. Esta no es una unidad "horizontal", sino "vertical".

Entonces Jesús continúa: "Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno. ¿Y cómo se consigue esta unidad? Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado" (Jn 17:22, 23). Jesús es verdaderamente uno con Su Padre. Y Él ha amado tanto a Su pueblo que anhela que ellos también entren y participen en esta santa unidad consigo mismo y con Su Padre.

¡Esta es una muy buena noticia! Es una parte importante, aunque poco entendida, del mensaje del evangelio. Jesús ha invitado a aquellos que creen en Él a nacer de nuevo y luego ser transformados hasta tal punto que puedan participar en Su unión con Su Padre. Este es el lugar de Su Novia en la familia de Dios.

¿Cuál es el resultado de llegar a ser uno con Jesús y Su Padre? Es que nuestras vidas se transformen. Nuestra naturaleza y carácter cambian. Tal como Jesús es la "imagen" o expresión plena del Padre, nosotros podemos convertirnos, a través de esta unidad con Él, en una expresión verdadera de Él mismo. A medida que crecemos en Cristo, nos volvemos más y más uno con Él. Sus pensamientos se convierten en nuestros pensamientos. Sus sentimientos, opiniones, deseos y propósitos también se convierten en los nuestros. Cuando este proceso se completa, nos convertimos en una pequeña expresión de Jesús. Entonces, podemos afirmar con Pablo, que "... ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí" (Gál 2:20).

Esta modificación de nuestro carácter y naturaleza se convierte entonces en un testimonio para el mundo. Cuando ya no somos nosotros los que vivimos, sino que Jesús realmente vive, Se mueve y Se expresa a través de nosotros, esta es la prueba de que Jesús es real. Cuando ocurre esta unidad con Dios, esto ocurre "... para que el mundo conozca que Tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a Mí me has amado" (Jn 17:23). Esto es necesario "... para que el mundo crea que Tú me enviaste" (Jn 17:21).

Los cristianos que simplemente logran llevarse bien unos con otros nunca convencerán al mundo de que Cristo es real. Cada grupo o club tiene algún tipo de cohesión. Pero lo que será la evidencia real de que Jesús es el Hijo de Dios y que Él tiene todo el poder en el cielo y en la Tierra es cuando Sus seguidores tengan el tipo de unidad y comunión con Él que Él tiene con Su Padre.

EL RESULTADO

Un resultado de que cada cristiano se vuelva más uno con Cristo y el Padre será que crecerán en una unidad con los otros. Nuestra unidad con Jesús producirá una unidad con otros hermanos y hermanas. Tal vez una rueda de bicicleta podría ser una buena analogía para ayudarnos a entender esto. A medida que los radios de esta rueda se acercan al eje, también se acercan entre sí. De la misma manera, a medida que cada uno de nosotros tiene una relación más íntima con Jesús, automáticamente tendremos más unidad entre nosotros también.

Sin embargo, como ya hemos visto, esta unidad entre nosotros no es algún tipo de unanimidad, uniformidad o conformidad. Es una consecuencia de que la obra de Dios nos lleve a cada uno de nosotros a tener unidad con Él. No es el resultado de insistir en que los cristianos traten de llevarse bien unos con otros, siendo supervisados por algún tipo de liderazgo o sistema, sino un producto de la obra del Espíritu Santo.

Es cierto que la unidad es parte del deseo de Dios para Sus hijos. También es igualmente evidente que esta unidad no se puede conseguir con cristianos inmaduros e infantiles. Nuestra lectura previa en 1 Corintios nos da amplia evidencia de este hecho. Los cristianos infantiles nunca experimentarán la verdadera unidad. Su tendencia hacia el egocentrismo siempre actuará en contra de la unidad genuina. Estarán en desacuerdo respecto de cosas insignificantes, lucharán por una posición de autoridad u otra, se envidiarán unos a otros, hablarán mal unos de otros, se herirán fácilmente unos a otros, y muchas otras cosas similares. Los cristianos bebés nunca tendrán éxito en alcanzar la unidad. Sus tendencias naturales y carnales siempre prevalecerán porque todavía son más fuertes que el hombre interior, espiritual.

La única solución que nos unirá es la madurez espiritual. Todos debemos buscar crecer en Cristo para que Su amor por Sus hijos se convierta en nuestro amor. Debemos madurar espiritualmente para que nuestra unidad con Jesús y el Padre se traduzca también en una unidad entre nosotros. Este camino es quizás prolongado y difícil, pero es la única manera de conseguir la verdadera unidad con nuestros hermanos y hermanas en Cristo.

La verdadera unidad viene de la intimidad con el Padre. Al caminar en comunión con la Deidad, sentimos Su corazón. Comenzamos a entender Sus sentimientos y deseos. Llegamos a conocer Su amor por todos y cada uno de Sus hijos. El resultado de tal comunión íntima será que seremos capaces de tener unidad con los demás.

Es responsabilidad de los cristianos maduros demostrar y mantener esta unidad. De ellos se dice "porque conocéis al que es desde el principio" (1 Jn 2:13). Entonces, deben ser ellos los que lideren el camino para mostrarles a otros cómo amar, perdonar, apoyar, creer y tener unidad con el resto de la Iglesia. Es cuando siguen el ejemplo de los cristianos maduros que los más jóvenes logran vivir en amor y unidad. Tal liderazgo en el área del amor y la unidad es una parte esencial de la verdadera experiencia de la Iglesia.

La verdadera unidad es una prueba real de nuestra madurez espiritual, si somos capaces de amar a los hermanos. Este amor no será solo para aquellos que están de acuerdo con nosotros y se reúnen con nosotros, sino para todos. Este amor incluso se manifestará hacia aquellos que no están de acuerdo con nosotros, o incluso nos odian. La intimidad con Dios, que se manifiesta en la madurez cristiana, es el único factor que puede producir la verdadera unidad.

Fin del Capítulo 7

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ÍNDICE

Capítulo 1:Una visión celestial

Capítulo 2:La sustancia de la Iglesia

Capítulo 3:La forma de la Iglesia

Capítulo 4:Donde Dios habita

Capítulo 5:Liderazgo en la Iglesia

Capítulo 6:¡Deja ir a mi Pueblo!

Capítulo 7:La unidad de la Iglesia

Capítulo 8:Compromiso

Capítulo 9:Reuniones de la verdadera Iglesia

Capítulo 10:Viviendo en amor

Capítulo 11:Cosas que destruyen

Capítulo 12:Edificar sobre la Fundación

Epílogo