UNA PUBLICACIÓN DE MINISTERIO “GRANO DE TRIGO”
Escrito por David W. Dyer
El adhesivo más común que los hombres usan hoy en día para tratar de mantener unido el cuerpo de Cristo es el compromiso. Prácticamente todo grupo o iglesia quiere que los cristianos que se reúnen con ellos hagan algún tipo de compromiso con ese grupo en particular. Esto puede incluir un compromiso con una posición doctrinal, compromiso con el líder o la figura de autoridad, compromiso con alguna práctica religiosa, compromiso con un propósito o "visión" o con gran número de otras cosas.
La variedad de elementos a los que se insta a los cristianos a comprometerse es infinita; sin embargo, la forma en que funciona varía poco. Los cristianos son exhortados a menudo y enfáticamente a comprometerse con alguna "iglesia", un grupo o un segmento del cuerpo de Cristo de una manera que los separe del resto.
Este compromiso de estos individuos con el grupo es el adhesivo utilizado para mantener unidos a los miembros. Es la insistencia en este compromiso la que los líderes utilizan para capturar y mantener a los miembros de su grupo. Una vez que alguien está convencido de lo correcto que es su camino, doctrina o práctica y, luego, se compromete con estos, se le considera "miembro" de ese grupo en particular.
Para ser libres de abandonar el grupo, se requiere que los miembros de alguna manera deshagan este compromiso. En algunas instituciones, esto es bastante fácil. En otras, el compromiso exigido es muy fuerte y a algunas personas les resulta extremadamente difícil liberarse cuando lo desean. En lugar de que cada uno sea libre de seguir el ejemplo de la única Cabeza verdadera, estos cristianos han caído en esclavitud bajo el mandato de una organización humana.
A menudo, se disuade a los seguidores de un grupo, a través de diversos medios, de tener cualquier contacto estrecho con otros grupos. Se les exhorta a permanecer fieles a la "iglesia" donde tienen un compromiso. Se les dice que no estén saltando de una iglesia a otra. Se espera que dichos miembros participen en las actividades de su grupo y eviten otras que puedan competir con ellos. Por lo tanto, la libertad para que estos cristianos vivan y experimenten la única Iglesia verdadera es muy limitada para esos cristianos.
Dado que algún tipo de compromiso es la base de la unidad de tantos grupos cristianos, dediquemos un poco de tiempo a este tema e investiguémoslo juntos.
EL PRIMER COMPROMISO
La Biblia nos enseña dos tipos de compromiso. El primero es que debemos estar totalmente comprometidos con Dios. Él nos pide nuestra plena lealtad y es digno de ella. Leemos: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente" (Lc 10:27). Ciertamente, esto habla de un compromiso completo de nuestro ser con nuestro Creador.
No puedes amar a una persona con todo tu ser de esta manera sin comprometerte totalmente con ella al mismo tiempo.
Además, se nos insta a ofrecernos como "sacrificio vivo" (Rom 12:1) en Su altar. Esto también habla de una especie de compromiso que es completo, sin reservas. Seguramente, cada lector puede estar de acuerdo en que nuestro Dios nos está pidiendo todo el compromiso de nuestro corazón, y es digno de recibirlo.
Estamos hablando aquí sobre el amor y el compromiso al mismo tiempo porque están íntimamente relacionados. No puedes tener uno sin el otro. Un ejemplo de esto es la unión matrimonial. Dos personas pueden tener relaciones sexuales fuera del pacto matrimonial, pero eso va en contra del diseño de Dios; el amor verdadero implica un compromiso profundo y de por vida.
Si decimos que amamos a alguien y, sin embargo, no estamos dispuestos a hacer ningún tipo de compromiso con esa persona, esto demuestra que nuestras palabras son mentiras. Esto demuestra que realmente nos amamos a nosotros mismos más que a la otra persona y que solo la estamos usando para nuestro entretenimiento o gratificación.
Sin tal compromiso, cada vez que la otra persona deja de complacernos y darnos el tipo de sentimientos y servicio que queremos, somos libres de irnos. Entonces, le hemos quitado todo lo que tenía para dar y, luego, la hemos dejado porque nos dejó de satisfacer. La idea del amor sin compromiso es una farsa.
Esto también es cierto en nuestro análisis actual. Si decimos que amamos a Dios, pero no tenemos un compromiso completo con Él, entonces nuestro amor está defectuoso. En la medida en que realmente Lo amemos, nos entregaremos a Él. Si nos contenemos y no le entregamos todo nuestro corazón a Él incondicionalmente, esto revela que nuestro amor por Él también está incompleto.
Nuestro amor por Jesús es lo que realmente nos une a Él en la entrega absoluta de todo lo que somos, todo lo que tenemos y todo lo que esperamos. Es nuestro amor por Él lo que nos hace entregarnos sin reservas a Él, para que Él pueda controlar todos nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestras decisiones. Es esta profunda pasión que tenemos hacia nuestro Señor lo que nos lleva a vivir en completa transparencia y sinceridad con Él. Este es un verdadero compromiso de amor. Es este compromiso el que es la base de nuestra unión o unidad con Dios.
LA EXPERIENCIA DE LA IGLESIA
Este es entonces el fundamento para cualquier experiencia genuina de la Iglesia. Sin fuerzas externas, como figuras de autoridad o estructuras organizativas que nos exijan, nuestro amor por Dios es lo único que nos hace caminar en Sus caminos. Si Lo amamos, Le serviremos, si Lo amamos, Lo seguiremos y Lo buscaremos.
Los resultados de nuestro amor por Dios son la meditación en Su Palabra, momentos de oración y de buscar Su rostro, buscar cada oportunidad para servirles a los demás en Su nombre e incluso manifestar Su vida y naturaleza. Nuestro estilo de vida y nuestra vida diaria revelan nuestro relación con Él.
Solo aquellos que aman a Dios sobre todas las cosas pueden conocer la experiencia de la verdadera Iglesia. Esta es una verdad inmensamente importante. Cualquier cosa menos que un compromiso completo con Él no funcionará.
Todo lo que la Iglesia es está fluyendo de Él. Él es la fuente tanto de la Vida como del liderazgo de la Iglesia. Por lo tanto, si no estamos constantemente caminando en intimidad con Él, este flujo de Vida y dirección se interrumpirá. A menos que permanezcamos firmemente unidos a la Vid, el flujo de esta fuente será esporádico o insuficiente. Esto hará que nuestra experiencia de Su cuerpo también sea parcial y defectuosa.
Si otras cosas capturan nuestro corazón, las buscaremos en paralelo a nuestro relación con Jesús, o peor aún, la sustituirán. Con el paso del tiempo, estas otras cosas que amamos nos alejarán de Él. Para continuar con un caminar espiritual, debemos arrepentirnos continuamente y abandonar cualquier cosa que compita con nuestro amor por Jesús. Es solo caminando en amor y compromiso completos con Cristo que podemos experimentar la plenitud de la realidad de Su cuerpo, Su Iglesia.
Demas era un hombre con el corazón dividido. Fue uno de los colaboradores de Pablo (Col 4:14; Flm 24). Demas había trabajado durante algunos años con Pablo para promover el reino de Dios. Pero en lo profundo de él había un deseo secreto. Escondido dentro de su corazón estaba el amor por el mundo. Y cuando este anhelo floreció un día, abandonó la obra del Señor y fue a tratar de satisfacer su anhelo de bienes, riqueza y, tal vez, incluso fama. Leemos: "Porque Demas me ha desamparado, amando este mundo" (2 Tim 4:10).
Si nuestro corazón está totalmente dedicado a Jesús, (Lc 11:34), sentiremos el impulso de buscar a nuestro Señor todos los días, buscaremos cómo satisfacerlo sirviéndole a Su cuerpo, y dedicaremos nuestro tiempo, dinero y energía para la construcción de Su morada eterna. En vez de serviremos a nosotros mismos.
Al contrario, si nuestro corazón está dividido, la única Iglesia verdadera que es dirigida por Jesús y está llena de Su presencia no será nuestra experiencia. Muchas otras motivaciones y deseos dominarán nuestro tiempo, energía, dinero y atención.
Cuando somos liberados de la esclavitud de otros capataces que nos exigen cosas, ¿qué hacemos? ¿Dónde está nuestro corazón? Si nuestro compromiso con Jesús es insuficiente, entonces esto afectará nuestra capacidad de experimentar la realidad espiritual de la verdadera Iglesia.
FALTA DE COMPROMISO
La ausencia de un compromiso completo con el Señor es una dolencia común en la Iglesia de hoy. Cuando cada uno de los miembros del cuerpo de Cristo no está buscando y siguiendo Su dirección todos los días, la Iglesia viviente no funciona ni puede funcionar. Cuando se rompe la conexión íntima con la Cabeza, el flujo de la Vida y la dirección también se interrumpe.
Un cuerpo humano no puede funcionar correctamente cuando los miembros no están conectados a la cabeza, y lo mismo ocurre con el cuerpo de Cristo. A menos que cada uno mantenga una relación íntima y constante con Jesús, Él no puede guiarlos y expresarse a través de ellos. Por lo tanto, la manifestación de Su cuerpo, que es la única Iglesia verdadera, no se ve o se ve de una manera muy limitada.
Esta falta de compromiso se manifiesta cuando no ocurre nada de importancia espiritual. Donde esta carencia es evidente, se hace muy poco evangelismo. El ministerio de la vida de Dios de unos con otros está ausente. Acciones como ayudar, dar y el uso de los dones, y todas las demás evidencias de la obra del Espíritu Santo son escasas. Cuando los miembros se resisten a su verdadera Cabeza o no están en sintonía con esta, la consecuencia es que la vida del cuerpo no fluye a través de ellos. Por lo tanto, la expresión de la verdadera Iglesia es limitada.
El resultado de esta deficiencia es que los hombres, a menudo, tratan de emplear la organización y las estructuras humanas para compensar esta carencia. Algunos perciben la necesidad de más acción. Se dan cuenta de que la Iglesia está en un estado de estancamiento. Pero al carecer de una visión celestial, comienzan a usar medios y métodos terrenales para tratar de corregir el problema. Comienzan a tratar de reunir a los cristianos en torno a alguna doctrina, dirección o líder. Comienzan a organizar actividades y reuniones para tratar de estimular a los cristianos a hacer lo que creen que deberían hacer.
Se utiliza una variedad infinita de medios naturales para tratar de hacer que el cuerpo parezca hacer lo que debería estar haciendo de forma natural y automática. Los líderes y las organizaciones comienzan a manipular las actividades de los miembros para tratar de lograr lo que falta. Los resultados de tales esfuerzos son una imitación mecánica de la Iglesia viviente.
En lugar de curar el problema, tales medios humanos, a menudo, solo sirven para ocultar el problema central. Innumerables cristianos hoy en día se están dejando llevar por organizaciones religiosas, mientras que tienen muy poco compromiso con Jesús, si es que tienen alguno. La estructura del grupo les proporciona reuniones y actividades que les dan una apariencia de servirle a Jesús. Sus conciencias, que deberían preocuparlos debido a su resistencia al verdadero liderazgo de Dios, son mitigadas por el grupo, que los considera "buenos miembros".
Su participación en el grupo se convierte en un sustituto de un verdadero caminar con el Dios invisible. Esto se convierte en una especie de muleta para su cristianismo. A los seguidores se les proporciona un vehículo que los lleva día a día, pero que realmente no resuelve el problema más profundo del corazón. Tal estructura religiosa no logra exponer ninguna resistencia oculta al gobierno completo de Dios en la vida de las personas.
Con frecuencia, tales organizaciones se convierten en una especie de dios para que los miembros las amen y sigan. Se convierten en un sustituto de la verdadera jefatura de Jesús. Algunos comienzan a amar tanto a "su iglesia" que les resulta imposible escuchar la verdad de Dios con respecto a Su iglesia. No es raro que tales participantes religiosos se resistan a cualquiera que pueda sugerir que Dios tiene algo mejor para ellos, peleen con estos o incluso los odien.
Su organización religiosa les ha proporcionado otra manera de asegurarles que están bien con Dios en lugar de que realmente estén bien con Dios. En consecuencia, se aferran a ella con todas sus fuerzas. Experimentan lo que puede llamarse "justificación por la iglesia". En lugar de ser justificados por un relación correcta con Jesús, sienten que deben estar bien con Dios porque tienen una buena posición en su grupo o iglesia.
LA VERDADERA CURA
La cura para aquellos que no tienen una consagración completa a Jesús no es darles un sustituto, ni llenar sus vidas con actividades religiosas, ni aplicar presión natural y humana para tratar de hacer que se ajusten o participen; es ayudarlos a venir a Él, arrepentirse de lo que se interponga en el camino y, luego, entregarse completamente a Él.
Es absolutamente necesario que cada cristiano llegue a entregarle por completo el control de su vida a Jesucristo y mantenga esto. A menos que y hasta que los cristianos lleguen a este punto de compromiso con su Señor, no pueden experimentar realmente la verdadera Iglesia en su plenitud.
Dado que la verdadera experiencia de la iglesia es algo que fluye del costado de Jesús, solo aquellos que beben constantemente de Él podrán disfrutar de todos los beneficios. A menos que estemos conectados a esta fuente divina de Vida, no podremos conocer los resultados sobrenaturales. Cuando otras cosas distraen o cautivan nuestros corazones y mentes, el flujo de Su Vida se restringe. En consecuencia, nuestra experiencia de la única Iglesia verdadera también será limitada.
La verdadera Iglesia es una entidad espiritual. Por lo tanto, para participar en ella, también nosotros debemos estar constantemente en el Espíritu. Debemos llenarnos del Espíritu de Dios y dejarnos guiar por Él continuamente. Esto requiere un compromiso completo con Él de nuestro corazón, nuestra vida y nuestra alma. Si solo estamos caminando en la carne, es decir, nos dejamos guiar por nuestros pensamientos y sentimientos, entonces nos resultará difícil disfrutar de verdaderas experiencias espirituales.
Al estar atados a la tierra por los deseos de nuestro corazón, se nos impedirá conocer las realidades espirituales y disfrutarlas. Solo si le ofrecemos todo nuestro ser a Dios continuamente podemos caminar en Su plenitud y, por lo tanto, disfrutar de todo lo que Él está haciendo en Su cuerpo. La experiencia sin diluir de la Iglesia solo la conocen aquellos que están completamente enamorados de Jesús.
En consecuencia, es de suma importancia que trabajemos para llevar a todos los cristianos a este compromiso. Es esencial que nuestro ministerio a los demás incluya este ingrediente tan importante. Si deseamos trabajar junto con Dios para edificar Su casa eterna, debemos buscarlo para saber cómo podemos atraer a otros a una entrega completa de todo su ser a Jesús.
CRECIMIENTO ESPIRITUAL
Este mismo compromiso completo de nuestro corazón y alma con Jesús es necesario para experimentar un verdadero crecimiento espiritual. A menos que y hasta que estemos realmente listos para que Él obre en todas las áreas de nuestra vida, nuestro progreso será limitado. Esto se debe a que, cuando el Espíritu Santo comienza Su obra transformadora en nosotros, Él desea hacer una obra completa. Él quiere cambiar todo nuestro ser. Cada vez que encuentra alguna resistencia, Su obra dentro de nosotros se detiene. Dios nunca irá ni un milímetro más allá de nuestra voluntad. Cuando tenemos áreas de nuestro corazón que no estamos listos para abrirle, Él no puede moverse.
Dios nunca se le impone a nadie. Él nunca nos hará algo ni hará nada en nosotros si no estamos cien por ciento dispuestos. Por lo tanto, nuestro crecimiento espiritual se detiene por nuestra falta de consagración. Cuando y si Él encuentra alguna resistencia de nuestra parte, entonces Él simplemente espera que nuestros corazones cambien. Aunque ciertamente trabajará para atraernos al tipo de compromiso total que es necesario para que Su obra continúe, Él no violará nuestra voluntad de ninguna manera.
Una vez conocí a una persona (no era yo) cuya vida fue un testimonio de tal experiencia. Recibió la nueva Vida de Dios y nació de nuevo. Sin embargo, estaba llena de diferentes resistencias a la obra de Dios. La terquedad, los temores, el orgullo y muchos otros problemas similares estaban ocultos dentro de esta persona que estaba en la niñez espiritual. La idea de una entrega total y sin obstáculos de su corazón a Dios le causaba pánico a su mente. Esto le trajo muchos conflictos emocionales y estrés, pero casi ningún crecimiento espiritual. El Espíritu de Dios siempre estaba tratando de atraerla a la sumisión completa; sin embargo, esta persona luchó contra este tipo de transparencia con Él con uñas y dientes. Esta condición duró unos 20 años.
Sin embargo, a través de Su misericordia, un día el amor de Dios comenzó a conquistar a esta persona. La gracia de Dios estaba derritiendo lentamente su corazón. Así que, un día, esta persona decidió dar un paso importante: abrirle su corazón completamente a Dios. En ese momento, la salvación sobrenatural comenzó a tener más efecto.
El proceso de transformación, que se había interrumpido tanto, comenzó a avanzar. A medida que se hacía más consagración, comenzaron a manifestarse cambios reales y tangibles en esta vida. Todos los beneficios de la verdadera sumisión a Jesús comenzaron a volverse reales para esta persona. Su genuino caminar con Jesús y la experiencia de su salvación completa solo comenzaron con un compromiso completo con el Señor.
Su experiencia no es única. A lo largo de los años he visto una serie de casos similares. El progreso real y espiritual solo puede tener lugar en aquellos que le han entregado sus vidas completamente a Él. Este compromiso es entonces la base para un caminar genuino con el Señor y también el fundamento para la experiencia de la Iglesia verdadera. Sin ella, solo nos estamos engañando a nosotros mismos, a menudo dejándonos llevar en nuestra vida cristiana por muchos accesorios y dispositivos artificiales y religiosos que no logran cambiar realmente nuestras vidas de una manera eterna.
EL SEGUNDO COMPROMISO: AMOR FRATERNAL
El segundo tipo de compromiso que la Biblia nos enseña es el compromiso mutuo. Se nos enseña a amar a nuestro prójimo como nos amamos a nosotros mismos (Lc 10:27). Este amor también habla de compromiso. Debemos tener el mismo tipo de obligación de cuidar a nuestro prójimo que de cuidarnos a nosotros mismos. Esta responsabilidad es especialmente cierta en la Iglesia, entre los cristianos.
Dios nos exige que "todos los miembros se preocupen los unos por los otros" (1 Co 12:25). Se nos exhorta a amarnos unos a otros entrañablemente, de corazón puro (1 Pe 1:22). En todas partes en el Nuevo Testamento se nos insta a ejercer el amor fraternal. Esto, como hemos estado viendo, es una especie de compromiso profundo con los demás. El Nuevo Testamento está tan lleno de exhortaciones con respecto a este tipo de compromiso de amor con los otros miembros del cuerpo de Cristo que es casi imposible enumerarlos y estudiarlos todos.
Pero, ¿cómo es posible amar a todas las diferentes personas que Jesús ha elegido poner en Su cuerpo? A veces parece que Él ha elegido a personas que son algunas de las más difíciles de amar. Sin embargo, Él requiere que los amemos tanto como Él nos ha amado a nosotros. Leemos: "Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también vosotros os améis unos a otros" (Jn 13:34). Esto parece ser una tarea imposible, pero es un elemento esencial en la experiencia de la única Iglesia verdadera.
La fuente de tal amor sobrenatural es Dios mismo. Dios tiene un amor profundo y apasionado por Su pueblo, Su Iglesia. Antes de que el mundo comenzara, Dios debe haber mirado hacia el futuro y haber contemplado a Su Novia. Mientras la miraba, un amor profundo y apasionado debe haber nacido dentro de Él. El intenso amor que Él tiene por ella ha sido Su motivación para toda la obra que Él ha estado haciendo por y en la humanidad a lo largo de los siglos. Cuando vino a la Tierra a morir por la humanidad, este fue el "... amor de Dios, que es en Cristo Jesús" (Rom 8:39).
Por lo tanto, cuando caminamos todos los días en íntima comunión con Él, sentiremos Su amor por cada uno de Sus hijos. Nuestra comunión con Él dará como resultado que absorbamos y, luego, expresemos Sus tiernos sentimientos.
A medida que lo conocemos más cada día, este amor inmedible que Él tiene por Su pueblo comenzará a llenar nuestros corazones. Es el propio Dios quien nos enseña a amarnos unos a otros (1 Tes 4:9). Con el paso del tiempo, este amor divino comenzará a convertirse en la fuente de nuestra motivación en nuestro trabajo junto con Jesús.
Así que nos encontramos con que hay un segundo compromiso que debemos tener, que es bíblico y esencial: Es un compromiso firme y completo de amar a todos los demás miembros del cuerpo de Cristo. Es necesario que cada uno de nosotros haga un compromiso consciente y claro ante Dios de amar a todos Sus hijos. Cuando hacemos este compromiso, esto nos pone en una posición para recibir el amor de Dios por los demás. Cuando estamos de acuerdo con Dios con respecto a Su actitud para con Su cuerpo, esto abre el camino para que Su amor fluya a través de nosotros.
Sin tal compromiso, es muy posible que prevalezcan nuestras reacciones humanas hacia los demás. Es probable que nuestro hombre natural comience a expresarse. Para que podamos vivir y experimentar la verdadera Iglesia, es necesario hacer este profundo compromiso. Si no lo hacemos, tarde o temprano, algo sucederá, alguien hará o dirá algo para herirnos u ofendernos, lo que hará que dejemos de amarlo, nos cerremos a dicha persona y nos alejemos. Entonces, les daremos la espalda y ocurrirá una división en el cuerpo de Cristo.
El amor natural humano nunca pasará la prueba. Cuando andemos junto con otros cristianos, ocurrirán muchos problemas y ofensas (Mt 18:7). Innumerables cosas suceden para desafiar nuestro amor por los otros. Muchos cristianos siguen siendo pecadores, orgullosos, egoístas, engañadores, tercos, tendenciosos y, por tanto, son un desafío para el amor.
A medida que vivimos en el cuerpo de Cristo, sin duda, sufriremos muchas cosas de parte de otros cristianos. Podrían aprovecharse de nosotros, usándonos para sus propósitos. Podrían mentirnos, engañarnos, abusar de nuestro amor, malentendernos y muchas otras cosas. Solamente el amor de Dios resistirá tales pruebas.
Si queremos tener amor divino fluyendo a través de nosotros en todas y cada una de las circunstancias, necesitamos hacer un compromiso con Dios. Este es un compromiso de amar a todos Sus hijos. Entonces, cuando nuestros recursos se agoten, como sin duda sucederá, cuando ya no podamos amar, cuando no podamos soportar la carga, sentiremos Su suministro de amor sobrenatural. Cuando estamos comprometidos con los demás, Él siempre nos proveerá Su amor. Dado que Su amor nunca falla, siempre está disponible para que lo experimentemos.
Cuando nuestro compromiso con Dios y con Su pueblo es insuficiente, si no hemos llegado a un entendimiento profundo de lo que implica vivir el evangelio de Jesús, no podremos acceder a la plenitud de todo lo que Él tiene para nosotros. No podremos experimentar muchos de los beneficios y placeres espirituales de Su casa. Nuestro fracaso en esta área nos robará muchos placeres espirituales y madurez.
Aquellos que se pierdan estas cosas importantes están en un verdadero peligro. Es muy probable que busquen un sustituto. Si no consiguen hacer los dos compromisos de los que hemos hablado, también se frustrarán en sus vidas espirituales. Su experiencia de la casa viviente de Dios será defectuosa.
Al carecer de esta experiencia, es posible que busquen llenar el vacío con algún tipo de organización, liderazgo o estructura religiosa. Si la realidad espiritual no es nuestra experiencia, la tendencia natural es buscar algo más fácil.
Así que entendemos que, para experimentar la realidad de la única Iglesia verdadera, hay un segundo compromiso involucrado: Este es un compromiso con nuestros hermanos y hermanas en Cristo. No es un compromiso con una institución, grupo, método, líder o camino, sino un compromiso con otros individuos.
Debemos comprometernos a amarlos plena, absoluta y completamente. Esto incluye individuos de todo tipo, tanto aquellos que son más agradables, como aquellos que resultan ser muy difíciles de amar.
¿A QUIÉN DEBEMOS AMAR?
La Iglesia de Jesús hoy es muy grande. Hay muchos millones de cristianos que son parte de ella. Hemos estado viendo que Dios requiere que los amemos a todos. Sin embargo, amar a millones de personas al mismo tiempo es solo teórico y no práctico. Aunque la actitud de nuestro corazón puede ser correcta ante Dios, por estar dispuestos a amarlos a todos, simplemente no hay manera de expresar este amor de una manera real.
En la ciudad donde vivimos, puede haber miles o incluso millones de cristianos más. No hay manera posible de reunirnos con todos ellos, ministrarles a todos, servirles a todos o cuidar de todos ellos. Obviamente, nuestra capacidad como seres humanos finitos es limitada. Entonces, ¿cómo vamos a ejercer este amor?
Jesús nos enseñó a amar a nuestro prójimo (Mt 22:39), pero ¿quién es este prójimo? Son esos otros cristianos que Dios trae a nuestras vidas. Al caminar con el Señor, Él nos pone en contacto con otros cristianos. Si y cuando seamos sensibles a Él, sabremos cuándo es Él quien está orquestando estos contactos. Seremos capaces de sentir que es Dios quien está trayendo a estas personas a nuestras vidas. Leemos que "Dios ha colocado cada uno de los miembros en el cuerpo como él quiso" (1 Co 12:18).
Como hemos visto en capítulos anteriores, Jesús es el único que está construyendo Su cuerpo. Él es el que pone una piedra junto a otra piedra en Su edificio. Él es quien sabe cómo hacer esta edificación. Nuestra parte es estar atentos a Él y responder a lo que Él está haciendo.
Estas no siempre son personas a las que podríamos elegir. Estas no son necesariamente personas que nos caigan bien, nos agraden o con quienes creamos que nos podríamos hacernos amigos fácilmente. Lo importante es que Dios está trayendo a alguien a nuestras vidas, puede ser para su beneficio y crecimiento. Es posible que necesiten algún tipo de ministración que podamos darles. O tal vez, aprenderemos con estas personas, ya sea de su porción de Cristo, o que crezca nuestra paciencia y longanimidad por la ausencia de Cristo en sus vidas. Ciertamente, creceremos a través de la experiencia, ya sea a través de bendiciones o dificultades, conviviendo con esas personas.
Cuando Dios nos trae a alguien a nosotros, estamos obligados a amar a esta persona. Es nuestra obligación comprometernos a servirle. No somos libres de elegir a quién amaremos y serviremos. Como siervos de Dios, debemos obedecerlo en nuestro compromiso con aquellos a quienes Él pone delante de nosotros. Nuestro papel es expresarle el amor de Dios a quienquiera que Él traiga a nuestras vidas.
Debemos confiar en que Dios sabe lo que está haciendo. Él es el arquitecto y el constructor de Su casa y sabe qué relaciones son estratégicas para Sus propósitos. Él entiende qué partes son importantes para cada uno de Sus objetivos. Él sabe cómo tales relaciones espirituales trabajarán juntas para edificar todo el cuerpo.
Dios nos traerá colaboradores. Él nos traerá personas con muchos problemas y necesidades. Él nos traerá a algunos que necesitan nuestra porción de Cristo, algunos que nos decepcionarán, algunos que nos desafiarán, algunos que nos bendecirán y algunos que nos ayudarán. Nuestra responsabilidad es simplemente comprometernos a amarlos con el amor de Dios.
Nuestra responsabilidad de amar a los demás no abarca únicamente a aquellos que están de acuerdo con nosotros. No se limita a aquellos con quienes nos reunimos regularmente, aquellos a quienes les caemos bien, aquellos cuya compañía disfrutamos o aquellos a quienes imaginamos que podemos convencer de nuestra postura, doctrina o práctica. Tenemos que amar y servirle de una manera humilde a cualquier persona que Dios traiga a nuestras vidas, y dejarle los resultados a Dios. Al hacer esto, Jesús edificará Su Iglesia de una manera invisible y oculta que un día se revelará en todo su glorioso esplendor.
Este compromiso de amor no es algo temporal. Estas relaciones no deben depender de nuestras emociones o caprichos. Puesto que tiene su fuente en el Dios eterno, nuestro compromiso con los demás también debe ser algo eterno. Estas personas que Dios trae a nuestras vidas no son desechables. No deben desecharse como servilletas usadas cuando dejan de complacernos o cuando hagan algo que nos hiera u ofenda.
Tal como Dios no descarta a Sus hijos cada vez que pecan o desobedecen, nosotros debemos comprometernos firmemente a amar y servirles a los demás. Tal vez elijan darnos la espalda, pero no somos libres ante Dios de alejarnos de ellos. Nuestro compromiso con otros hermanos y hermanas debe ser como el de Jesucristo.
En el mundo de hoy, los hombres y las mujeres se han acostumbrado e incluso hecho adictos a la autogratificación instantánea. Muchos de nosotros nos hemos acostumbrado a tener lo que queremos de la manera que queremos y cuando lo queremos. Pero si queremos experimentar la única Iglesia verdadera, debemos negar este amor propio. Nuestros sentimientos y reacciones naturales a tantas cosas que otros hacen y dicen deben ser reemplazados por la reacción divina de amor de Jesús.
El compromiso que asumimos con los demás debe ser profundo y duradero. Debe tomarse como una decisión consciente y sobria de estar dispuestos a dar nuestras propias vidas por los demás. Es un compromiso que pone a los demás antes que a nosotros mismos. Es una decisión que refleja el corazón de nuestro Salvador cuando vino a dar Su vida por nosotros.
EL VERDADERO PEGAMENTO DE LA IGLESIA
El amor fraternal es entonces el pegamento que mantendrá unida a la única Iglesia verdadera. Es este amor mutuo lo que hará que mantengamos nuestra comunión. Es este amor eterno e infalible el que nos impulsará a servirle al cuerpo de Cristo. Es este amor infalible el que nos inducirá a dar nuestras vidas para que otros puedan crecer en todo lo que Jesús es. Es el amor por Dios y por los demás lo que nos hará mantener relaciones, desear reunirnos para adorar, edificarnos y orar, y usar nuestros dones y ministerios para edificar el cuerpo.
Aquí no hay necesidad de autoridad posicional o institucional. No hay lugar para algún tipo de "compromiso" o esquema sustituto humano para tratar de mantener a las personas unidas. El amor de Dios no es algo artificial. No es nada que el hombre pueda producir o incluso imitar, ni algo que se haya hecho con manos humanas. La Iglesia llena de amor es el lugar donde Dios habita y habitará por la eternidad.
La evidencia de la realidad de la única Iglesia verdadera es el amor fraternal. El derramamiento de este amor eterno de Dios a través de Su cuerpo y sobre este es la prueba de que Dios mismo está trabajando. Es la señal segura de que Él es el que tiene el control y Él es el que ha hecho esta obra. El hombre no puede imitarlo.
Tal amor produce el tipo más agradable de "iglesia". La Escritura dice: "¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es que habiten los hermanos juntos en armonía! Es como el buen óleo sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, y baja hasta el borde de sus vestiduras; como el rocío del Hermón, que desciende sobre los montes de Sión, porque allí envía Jehová bendición y vida eterna" (Sal 133).
La intimidad de vivir juntos y relacionarse con los demás en el amor de Dios es una de las mayores experiencias humanas. Es una de las cosas más verdaderamente agradables que podemos conocer. La intimidad con los demás que esto produce, la transparencia de vidas y relaciones que surgen, son simplemente maravillosas.
No hay nada que pueda compararse con vivir con otros en el amor de Dios. Este es el objetivo. Esta es la experiencia de la única Iglesia verdadera, es el tipo de vida a la que Jesús nos está llamando. Está destinada a ser parte de nuestra recompensa por nuestra fiel obediencia a Jesús. Todo cristiano debe poder participar y disfrutar plenamente de esta comunión espiritual unos con otros.
Si no logramos el tipo de relación con Jesús que produce este amor, tampoco podremos experimentar la única Iglesia verdadera. Si no caminamos en comunión íntima con el Padre, nunca lograremos conocer la realidad de Su cuerpo. El amor de Dios es el único adhesivo que funcionará cuando estemos edificando la casa verdadera de Dios.
Cualquier otro método para intentar mantener el pueblo de Dios unido es falso. Es una imitación. Es un esfuerzo humano para intentar producir algo que deberá ser un fruto automático de una vida espiritual. Si realmente conocemos a Dios íntimamente, amaremos a los hermanos. Este amor es la única sustancia que puede usarse para mantener el pueblo de Dios unido de una manera real y eterna.
Por lo tanto, una gran parte de nuestro trabajo es estimularnos unos a otros para amar como Cristo ama (Heb 10:24). Es nuestro privilegio demostrar en nuestras vidas el amor divino, de manera que otros tengan un ejemplo a seguir. Es parte de nuestro trabajo en el cuerpo de Cristo exhortar y alentar a cada hermano y hermana a conocer ese amor y a expresarlo. Este es el mayor y más santo llamado.
LOS DONES ESPIRITUALES POR SÍ SOLOS NO BASTAN
Muchas personas hoy en día están tratando de edificar la Iglesia y mantenerla unida con sus dones espirituales. Están haciendo todo lo posible para edificar a otros cristianos con su ministración. Pero algunos cometen el error de pensar que eso será suficiente. Tratan de construir una iglesia atrayendo a otros a través del uso de sus dones y, luego, tratan de hacer que estos otros se comprometan con ellos y su ministerio, como un medio para mantener a los creyentes unidos.
Queridos hermanos, no basta simplemente con tener algún tipo de don espiritual. No es suficiente tener un ministerio "ungido". El solo hecho de ser capaz de predicar o enseñar, curar a los enfermos, predecir el futuro o expulsar demonios no es suficiente para edificar la verdadera Iglesia.
Todas esas cosas las pueden hacer aquellos que no saben cómo vivir en el amor de Dios. Increíblemente, todas las pueden hacer algunos que no están viviendo realmente en intimidad con Jesús. Aquí la Escritura es bastante clara: si nuestro "ministerio" es simplemente un ejercicio de nuestro don y no el resultado del flujo del amor eterno en nosotros y a través de nosotros, es algo vacío y vano. De hecho, "nada" es (1 Co 13:2).
No es raro en la Iglesia de hoy encontrar hombres y mujeres que están usando los dones que Dios les ha dado para promoverse a sí mismos. Están ejerciendo las habilidades espirituales que han recibido para impresionar a otros y, de esta forma, exaltarse a sí mismos. Quieren ser vistos y oídos. Quieren que los otros piensen que son verdaderamente espirituales.
Sin embargo, todo esto es simplemente evidencia de su inmadurez. Están fallando en el amor de Dios. El verdadero amor no se comporta de esta manera. No es jactancioso ni se envanece (1 Co 13:4). Aquellos que se motivan por el amor de Dios no son egoístas. Sus intenciones son solo ministrarles la Vida y la naturaleza de Dios a otros cristianos y a un mundo decadente.
El ejercicio de los dones espirituales sin amor es un ejercicio religioso vacío. Es como el sonido de una campana o trompeta que se desvanece rápidamente (1 Co 13:1). El tipo de ministerio que producirá resultados eternos es el ministerio hecho en amor. Es el amor de Dios que fluye en nosotros y a través de nosotros lo que edificará la morada eterna del Altísimo.
COMPROMISO CON EL GRUPO
Como hemos mencionado al principio de este capítulo, hay un tercer tipo de compromiso en el que muchos insisten hoy. Es el compromiso de un cristiano con cierta "iglesia", grupo o ministerio. ¿Qué hay de esta idea de la dedicación de nuestras vidas a un grupo específico? ¿Nos enseñan las Escrituras que debemos comprometernos con cierta iglesia, ministerio o camino? ¡Para nada! Por el contrario, tal compromiso está prohibido.
Alinearnos con cualquier grupo que no sea el cuerpo de Cristo, como un todo, está estrictamente prohibido. Eso es lo que la Biblia llama "división". Es la causa de que existan "facciones" dentro del cuerpo. Es un tipo de actividad que es destructiva para la causa de Cristo. Pablo reprende a los cristianos en Corinto por hacer esto mismo. Allí se estaban alineando con ciertos líderes diferentes. Decían: "Yo soy de Pablo", "Yo soy de Apolos", "Yo soy de Cefas", "Yo soy de Cristo" (1 Co 1:12).
Pablo nos enseña que tal compromiso con un subgrupo de cristianos es carnal e infantil. Demostró que estos cristianos todavía eran infantiles y carnales. Eso demuestra que aquellos cristianos todavía estaban lejos del objetivo. Todavía no tenían la madurez para ver las cosas de acuerdo con el punto de vista de Dios, ni una visión celestial de Su única Iglesia verdadera.
En ninguna parte de la Palabra de Dios se nos insta a ser leales a ningún grupo, iglesia o ministerio, más allá de la simple exhortación a amarnos unos a otros.
La alineación o el compromiso de nosotros mismos con una iglesia o grupo específico va en contra de las claras enseñanzas del Nuevo Testamento. Cuando hacemos esto, automáticamente establecemos una especie de barrera entre nosotros y otros cristianos. Nuestra lealtad a cualquier otra cosa que no sea Jesucristo y todo Su cuerpo crea una especie de delineación o "denominación".
Literalmente, una denominación es una distinción y separación de algo por el uso de un nombre. Por ejemplo, nosotros damos a las personas un nombre o incluso un apodo para diferenciarlas de los demás. Cuando formamos grupos separados dentro de la iglesia y les damos nombres para distinguirlos del resto, creamos "denominaciones".
En mayor o menor grado, tal práctica nos separa del ministerio que el resto del cuerpo tiene para ofrecernos. De la misma manera, también limitamos nuestra disponibilidad para con los demás para contribuir con nuestra porción. Tales divisiones en el cuerpo de Cristo limitan el flujo de Su amor. Inhiben la ministración de la Vida que los miembros se dan unos a otros. Cuando los cristianos se unen en grupos que están separados del resto del cuerpo, limitan en gran medida la obra de Dios. Por esta razón, tales compromisos son contrarios a Su voluntad.
Nosotros no tenemos necesidad de confiar en tales compromisos para tratar de mantener unido a un grupo. No debemos recurrir a tales métodos y medios humanos para tratar de asegurar miembros o mantener a los cristianos en nuestro grupo. El amor de Dios hará eso. Recuerde que es Él quien coloca a los miembros en el cuerpo como le plazca (1 Co 12:18). Podemos confiar en Su habilidad para hacer esto de una manera que será de beneficio para todos. Si vivimos en amor, Jesús mismo hará que Su cuerpo crezca y prospere.
El compromiso de los cristianos con un grupo o una organización, frecuentemente, sustituye los dos compromisos esenciales de los que hemos estado hablando. Al comprometerse con un grupo, los cristianos a menudo descuidan su compromiso con Cristo y entre ellos. Como hemos visto en capítulos anteriores, tales compromisos carnales suelen ser más fáciles de hacer y mantener que los compromisos espirituales que mencionamos aquí.
Se puede asumir y mantener un compromiso carnal con un grupo sin ningún compromiso de amar a Dios completamente y de amar a nuestros hermanos y hermanas como nos amamos a nosotros mismos. Cualquier cosa que sea o que se convierta en un sustituto para el mejor camino de Dios debe evitarse.